Pura sangre
Muchos lo consideran el mejor jugador de pato de la historia. Con diez goles de handicap, ganó ocho Argentinos Abiertos en la decáda del ‘80. Sorpresivamente, en 2002 regresó al deporte y se alzó con otro título.
TEXTO LEONARDO BACHANIAN
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ
Es una de las glorias del pato. Muchos comparan su desempeño en ese deporte con el de Maradona en el fútbol. Durante los años ‘80, ganó nada menos que ocho Abiertos Argentinos en Palermo. Se retiró en 1990, pero volvió a la cancha en 2002 y obtuvo un nuevo título. A los 53 años, Dante Spinacci mantiene un físico atlético y se dedica a criar caballos.
Nació en 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, en 1955. Su pasión por los caballos se despertó a temprana edad. “De chico, mientras estaba en el colegio, pensaba todo el día en volver a casa para subirme a un caballo. ¡Hasta jugaba a la mancha a caballo!”, dice Spinacci mientras lanza una carcajada. Afirma que empezó a practicar pato a los cinco años; entonces, ponía dos sillas, las cubría con una montura y levantaba la pelota de un lado y de otro.
¿Alguien jugaba al pato en tu familia?
Sí, mi papá jugaba muchísimo. Él sabía un montón de caballos. Me enseñó a cuidarlos y a criarlos y me enseñó los principios básicos del pato. La pasión de mi papá se sigue transmitiendo de generación en generación: mi hijo Pablo juega al polo (se la pasa viajando al extranjero) y mis sobrinos también. En mi casa, andar a caballo era y es algo muy natural.
¿Por qué empezaste a jugar al pato con mayor continuidad después de los 20?
Lo que ocurrió fue que, durante algunos años, se suspendió la práctica de pato en 9 de Julio porque un hombre había tenido un accidente fatal. Entonces, a partir de los 13, se me dio por la doma; me gustaba mucho jinetear.
¿Eso te dio un mayor dominio sobre los caballos?
Totalmente. Adquirís un equilibrio y un coraje importantísimos, que después te sirven para hacer cosas distintas en la cancha.
DEPORTE PARA VALIENTES
A lo largo de la historia, la práctica de pato se ha interrumpido en varias ocasiones. Antes de la suspensión a la que se refiere Spinacci, hubo muchas más. Ya en 1796, una resolución de la Iglesia Católica decía que “se excomulgará y excluirá del templo como miembros corrompidos a quienes participen en corridas de pato y se negará sepultura eclesiástica a aquellos que mueran en el tan bárbaro juego del pato”. En 1822, Martín Rodríguez, gobernador de Buenos Aires, dictó un decreto que prohibía la práctica de este deporte.
Entre prohibiciones y partidos clandestinos, entrado el siglo XX –en la década del ‘30– se redactó el primer reglamento, se creó la silla y se ideó la pelota de cuatro asas (más tarde, surgiría la de seis, que se usa en la actualidad). Manuel Fresco, otro gobernador de Buenos Aires, derogó en 1938 la prohibición de la práctica del pato (según varios libros, ideal “para gente de a caballo, audaz y valiente”), que se desarrolla en el país desde el siglo XVII. En 1953, el presidente Perón lo declaró “deporte nacional” mediante un decreto.
¿Cuáles son los riesgos que implica el pato?
Los riesgos se dan, fundamentalmente, por la falta de equitación o por no tener conocimiento de los peligros que generan los cruces y los pechazos. Un caballo pesa entre 400 y 500 kilos; si no tenés consciencia de la relación peso-velocidad, puede haber accidentes. Me ha tocado jugar con personas que andan despacio y es más comprometido que jugar rápido. Nosotros andábamos a 200 por hora. Cuando chocabas, te la dabas fiero.
Leé la entrevista completa en la edición número 52 de Revista G7.
FICHA PERSONAL
SUERTE, por Eduardo Novillo Astrada, polista de La Aguada.
Con Dante y su familia tenemos una gran relación de amistad. Mi viejo siempre contaba –todo el mundo lo dice– que Dante era un crack jugando al pato, un jinete extraordinario con un físico espectacular. El pato es muy difícil de jugar. Quienes dicen que los polistas montamos como indios no tuvieron la suerte de ver cómo montan los pateros; es mucho más impresionante. Siempre recuerdo con mucho cariño que la primera yegua que me regaló mi papá (yo tenía 11 años) se la había comprado a Dante. Resultó bárbara. Jugué con ella hasta que cumplí 18 años y después jugaron con ella todos mis hermanos. Es más, ahora tengo una cría de esa yegua.

