El extranjero
Actúa, dirige obras de teatro, pinta y escribe. Su vida está signada por la expresión, por la sensibilidad y por las ansias de investigar al ser humano. En esta entrevista, explica por qué, en muchos aspectos, se siente un extranjero.
TEXTO ESTEBAN FEUNE DE COLOMBI
FOTOS ANDY CHERNIAVSKY
En un país como Argentina, que cuenta con una historia plagada de migraciones y de exilios, no es raro que alguien se sienta extranjero. Julio Chavez dice que muchas veces se sintió así. Comenta que eso marcó su infancia y que durante la adolescencia supo cuál era su verdadera nacionalidad: el escenario. “En el espacio del teatro, sentí por primera vez que lo que tenía en contra jugaba a mi favor. Tenía 17 años y recuerdo que pensé: ‘descubrí mi territorio’. Ahí no me sentía un extranjero”.
Para Chavez, el arte representa un pasaporte a la salvación. Una obra de teatro, un cuadro, una película o un texto dramático son soportes a través de los cuales desarrolla su sensibilidad e investiga al ser humano. Uno puede pensar en Yo soy mi propia mujer (el unipersonal que protagoniza, dirigido por Agustín Arezzo), en las telas que firma con su verdadero nombre (Julio Hirsch), en su papel en El otro (la película de Ariel Rotter, gracias a la cual obtuvo el premio al mejor actor en el Festival de Berlín) o en Mi propio niño Dios (el libro que reúne algunas de sus obras dramáticas, publicado por la editorial Colihue).
La vida de Chavez está signada por la expresión. Afirma: “Si alguien dijera que no soy escritor, pintor, actor ni director, lo entendería. Yo hago mi camino. Si las instituciones no me aceptan en su estructura, será que no me equivoqué. Soy un extranjero”.
¿Cuál es el origen de tu familia?
Mi madre es de origen egipcio y judío-vasco-francés, algo bastante raro. Mi padre también es judío, pero de origen alemán. Mi madre pertenece a una aristocracia judía y mi padre, a un proletariado judío. Mi madre sabía lo que iba a pasar en Europa y vino a Argentina un tiempo antes de la Segunda Guerra. Mi padre, en cambio, emigró cuando el conflicto estaba a punto de explotar. Se conocieron aquí y se casaron.
Eso tiene que ver con la sensación de extranjería, supongo.
La situación del inmigrante es muy trascendente para mí; sobre todo, en relación con el idioma y con las comunidades. Cuando era niño, vivía en Núñez, rodeado de españoles, italianos y porteños, e iba a una escuela estatal en la que mi apellido, Hirsch, sonaba extraño. Creo que era el único judío del curso. Mis padres hablaban castellano con un acento especial. Eso explica que me sintiese, en muchos aspectos, un extranjero. Aunque parecerá raro si lo digo, de pequeño tenía un gran aprecio por mí mismo.
¿Sos hijo único?
No, tengo una hermana. Yo tenía mucho aprecio por mí mismo y una extrema consciencia del maltrato. Es algo que viví de una manera muy fuerte, no sólo con respecto a mí. Desarrollé tal susceptibilidad que soy capaz de reaccionar como un fundamentalista por cualquier cosa. Lamento eso. De chico, valoraba demasiado mi subjetividad y aún me cuesta resolver ese conflicto. Por suerte, encontré el espacio del arte, donde puedo desarrollar mi subjetividad. Debo domarme, pero tengo cada vez más herramientas para hacerlo.
¿Tus padres murieron?
Mi padre murió. Él fue amoroso conmigo. Era débil y fuerte al mismo tiempo. La debilidad absoluta no existe. A veces, sucede que los otros sostienen platos que a uno no le sirven. Aun así, siempre se sostiene algún plato. Mi madre es una mujer muy especial y la respeto mucho, pero nos miramos como dos personas extrañas. Ella ha sido, lo reconozco, el gran amor de mi vida. El amor que le tenía a los 4 años es un perfume imborrable. Actualmente, mantenemos una relación distante. De todos modos, me interesa mucho como mujer. La usé de inspiración en varias obras de teatro. Su forma de ser, su naturaleza, sus asuntos… Aunque sostenga platos que no me gustan, la respeto.
¿Por qué empezaste a estudiar teatro?
Yo quería ser médico, bioquímico y pintor, pero, en un momento, sentí que tenía derecho a estar en el espacio que el teatro genera, sentí que valía la pena pelear por permanecer ahí.
LEÉ LA ENTREVISTA COMPLETA EN LA EDICIÓN NÚMERO 41 DE REVISTA G7.
FICHA PERSONAL
UN ALIADO DE LUJO
Por Ariel Rotter, director del El otro.
El papel que Julio Chavez interpreta en la película está pensado especialmente para él. Recuerdo cómo imaginaba que su humanidad y su cuerpo le daban vida a las escenas que iba redactando. Julio posee una “verdad” y un “presente” que no son comunes a la hora de actuar. Es su alma la que sostiene El otro. A su talento natural, él le suma mucho trabajo; a su capacidad de interpretación, le agrega un caudal de análisis notable, que forma parte de sus herramientas como autor, director y artista plástico. Es un tipo fuerte y, a la vez, sensible y frágil. Eso se nota en todas las escenas de la película. Para mí, Julio fue un aliado de lujo y un ejemplo de fe, concentración y voluntad.

