Golpe a Golpe
Fue la primera boxeadora argentina que obtuvo una licencia profesional. Es campeona del mundo en tres categorías y se halla entre las mayores promotoras del boxeo femenino en el país. A los 32 años, cerca de su retiro, vislumbra un futuro ligado a la política.
TEXTO FLOR CODAGNONE
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ
Marcela posa para las fotos con la naturalidad de una diva. Tiene una figura envidiable y una simpatía que se aprecia a flor de piel. Lleva el pelo suelto, perfectamente teñido, con los rulos prolijísimos. Son las 10 de la mañana y luce un maquillaje digno de una noche de fiesta. La coquetería le brota por los poros. Es una muñequita. Por momentos, cuesta creer que forjó una impresionante carrera a fuerza de golpes de puño y que se convirtió en la mejor boxeadora del país.
El gimnasio está vacío. El silencio del lugar sólo se interrumpe cada tanto con gritos que llegan desde una cancha de fútbol vecina. En las paredes cuelgan fotos de Monzón, Locche, Bonavena y Gatica. También hay lugar para una imagen de la Tigresa. Su retrato asombra por sus dimensiones –ocupa buena parte de una pared– y por lo que significa. Desde que comenzó su carrera, la Tigresa Acuña tuvo que luchar contra los prejuicios, contra el machismo y contra la falta de una reglamentación para que el boxeo fuera practicado por mujeres. “Decían que las mujeres no podíamos boxear”, cuenta con voz dulce. “Yo nunca molesté a nadie. Si los hombres se sintieron desplazados o invadidos, problema de ellos”.
Las cosas cambiaron, pero no mucho. En 2001, la Federación Argentina de Box oficializó las categorías femeninas y estableció reglas claras con el objeto de proteger a las deportistas (por ejemplo, dictaminó que las mujeres deben realizarse un test de embarazo 48 horas antes de cada pelea). Sin embargo, en Argentina no hay más de 30 boxeadoras profesionales y muchos varones aún se sienten incómodos cuando una mujer entra en el gimnasio. Marcela recuerda que le costaba muchísimo conseguir un sparring que no la menospreciara e incluso una bolsa para entrenar.
PRIMER PLANO
En 1983, cuando tenía 7 años, Marcela estudió danza española. “Me gustaba peinarme como una bailarina y usar vestidos con volados y zapatos con taco, pero la danza me aburrió enseguida”, dice. “Me costaba muchísimo acordarme de las coreografías y tocar las castañuelas”.
Pronto cambió los zapatos de baile por la indumentaria del full contact –una disciplina que se asemeja al boxeo y permite las patadas–. A mediados de la década del ‘80, ese deporte recién empezaba a practicarse en el país. El padre de Marcela había encontrado a pocas cuadras de su casa, en el barrio formoseño de La Paz, un gimnasio donde se practicaba full contact. Entonces, les propuso a ella y a su hermano ver de qué se trataba. A Marcela le encantó y, entonces, la danza española quedó en el pasado.
A los 14, ya era campeona sudamericana de full contact. Alternaba las peleas con el estudio y no tardó en convertirse en la ídola de sus compañeros. Las maestras le perdonaban las faltas cuando tenía que competir y Marcela festejaba la primavera cada 21 de septiembre con una serie de exhibiciones. “La pasábamos bomba”, recuerda. “Formosa estaba en pleno progreso, tenía pocos habitantes y yo pertenecía a una camada de deportistas destacados que salía de viaje y volvía con títulos”.
Defendió el título de campeona sudamericana de full contact durante tres años, hasta que sintió que ese deporte ya no le ofrecía posibilidades de progresar. Entonces, decidió dedicarse al boxeo. Los inicios no fueron fáciles no sólo porque a los hombres les parecía aberrante que una mujer se subiera al ring sino también porque la Tigresa no encontraba rivales en el país. Entonces, buscó contrincantes en el extranjero. En 1997, engordó 12 kilos para poder pelear contra Christy Martin, una de las principales referentes en la historia del boxeo femenino. Después, se enfrentó con Lucia Rijker, quien interpretó a Billie “the Blue Bear”, la temida rival de Maggie Fitzgerald en la película Million Dollar Baby. Aunque Marcela perdió esas dos peleas, las contrincantes elogiaron su técnica.
En 2001, le otorgaron la licencia profesional y se convirtió en la primera boxeadora rentada del país. Sin embargo, en 2002, un escandaloso fallo hizo que todo tambaleara. Combatió por el título mundial con la jamaiquina Alicia Ashley en el estadio Orfeo de Córdoba y fue muy superior a ella –los comentaristas de la televisión le daban la pelea por ganada–, pero dos jueces entendieron lo contrario. Ante esa injusticia, Marcela se sintió invadida por la bronca y dijo que Argentina es un país de mierda y que tenía que radicarse en el extranjero. Incluso pensó en abandonar el boxeo. La bronca no le duró mucho.
Dos semanas después, volvió a entrenar en el gimnasio y, desde entonces, ganó tres títulos mundiales en las categorías supergallo y pluma. Además, logró que el boxeo femenino tuviera cierto reconocimiento en el país. Participó en Bailando por un sueño y entrenó a Natalia Oreiro para que interpretase a una boxeadora en Sos mi vida. A su vez, protagonizó Licencia número uno, el film documental de Matilde Michanie que se estrenó en septiembre.
¿Haber perdido tus dos primeras peleas te sirvió para forjar una carrera sólida?
Aquellas derrotas sirvieron para que el boxeo femenino se reglamentara en Argentina. Si no hubiese peleado con esas dos grandes boxeadoras, todo habría sido mucho más difícil. Antes de aquellos combates, nadie me tenía en cuenta. Después, los críticos empezaron a decir “la Tigresa es cosa seria”.
¿Cómo te afectaron internamente esas derrotas?
Yo creía que, para hacer carrera, debía pelear con las boxeadoras más experimentadas. Aquellas derrotas fueron como un triunfo porque permitieron que me ganase el cariño y el respeto del público. Algunos boxeadores todavía se sorprenden de lo que hice y me comentan que jamás pelearían contra un campeón mundial sin tener ningún combate encima.
FICHA PERSONAL
DULZURA Y FRIALDAD, por Matilde Michanie, directora de Licencia número uno.
Su carisma, su voluntad y su fortaleza me convencieron de que valía la pena contar su historia. Marcela es una pionera y maneja la dulzura o la frialdad según esté arriba o abajo del ring. Todo eso la convirtió en un personaje paradigmático a través del cual pude sugerir los destinos de otras mujeres. El trabajo para la película fue largo e intenso. Desde que estrenamos Licencia número uno, Marcela ha crecido muchísimo en lo personal y en lo profesional. Para mí, contar con su amistad y con su confianza es una gran alegría.

