Mi mundo privado
Es una de las cantautoras argentinas más originales y con mayor proyección internacional. Lejos de la actuación, en esta nota habla de los cambios que experimentó su música con el correr de los años y revela algunos secretos sobre su método de trabajo.
TEXTO MARTÍN E. GRAZIANO
FOTOS NORA LEZANO
“¿Vos bailás bien?”, pregunta Juana Molina. “Necesito datos de gente que sepa bailar porque yo no conozco a nadie”, agrega. A simple vista, el pedido no parece muy complejo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, para ella, “bailar bien” implica algo más que seguir coreografías o realizar pasos establecidos. Lejos de interesarse por la belleza apolínea, lo que Molina está rastreando son cuerpos que se dejen atravesar, sin mediaciones culturales, por la música. Es que se propone encontrar a los protagonistas del videoclip de “Un día”, ese mantra dislocado de susurros fantasmas que da nombre a su flamante disco, editado en el país por Acqua Records y, en el resto del mundo, por el prestigioso sello británico Domino.
Molina integra ese selecto grupo de artistas que, a lo largo de los años, han sido capaces de construir universos propios, siempre ajenos a los vaivenes del contexto y a los géneros. Comparte ese espacio imaginario con músicos tan distintos como Luis Alberto Spinetta, Miles Davis, Björk o Eduardo Mateo. Desde que, a mediados de los ‘90, abandonó su promisoria carrera de comediante televisiva para editar el disco Rara (1996), producido por Gustavo Santaolalla, no ha hecho otra cosa que poblar su mundo privado. Así fue como surgieron Segundo (2001), Tres cosas (2004) y Son (2006).
En algún punto del recorrido, llegaron el reconocimiento a nivel internacional –el prestigioso diario estadounidense The New York Times seleccionó Tres cosas como uno de los diez mejores discos de 2004–, algunas entrevistas decididamente embarazosas y, al fin, el merecido respeto de sus colegas y del público en general. Fue en este nuevo estado de situación que, algunos meses atrás, Juana Molina dio a conocer Un día, álbum que parece haber salido del mismísimo corazón del universo que la artista viene construyendo desde hace más de una década. Un mundo en el que, para bailar bien, no hace falta seguir ninguna regla. Un mundo en el que, al parecer, basta con dejarse llevar.
¿Cómo fue el proceso de elaboración de Un día?
Es el primer disco que hago realmente sin pensar. El único objetivo que me puse cuando empecé fue que saliera en 2008. Eso tiene que ver con que, por diferentes motivos, había estado alejada de la música durante 2007 y no quería que otro año terminara de la misma manera, sin sacar un álbum o tocar en vivo. Entonces, sin ningún preconcepto o idea acerca de lo que iba a hacer, me puse a trabajar. Hice las cosas rápido. Lo que saliera. En apenas un mes y medio o dos, terminé el disco. Lo entregué sin mucho análisis.
¿Cómo se te ocurrió el título?
Surgió cuando el álbum estaba casi terminado. En algún momento, en la previa de un concierto o de una grabación, canté para entrar en calor. Mientras vocalizaba, en compañía del piano, me salió una melodía: “One day, one day, one day”. La grabé. Siempre tengo mi set de grabación armado: aunque la calidad no sea muy buena, me permite captar momentos, registrar algo que se me acaba de ocurrir. A partir de esa melodía nació el título del álbum. De todos modos, sabía que no iba a componer una canción en inglés. Ni a palos. Me daría vergüenza, a menos que se tratara de algo muy espontáneo y auténtico. La idea de escribir en inglés sólo porque de esa forma la música puede llegar a más gente me parece un espanto.
En este disco, definitivamente utilizás la voz menos como un vehículo verbal que como un instrumento. ¿Por qué?
Siempre me interesó eso. Tal vez sea la razón por la que, al principio, me costaba tanto escribir las letras. Es que no podían sobresalir demasiado con respecto a la música y, al mismo tiempo, no tenían que ser una estupidez. No podía llegar al extremo de escribir cualquier pavada sólo porque sonara bien fonéticamente. Entonces, trataba de escribir pequeñas historias o cuentos que tuvieran que ver con la música y que, además, no se recortaran del todo de la misma.
Con los años, la estructura de tus temas se fue alejando de la canción. En Un día ya no parecen quedar rastros de ese formato.
En realidad, quise que las cosas fueran así desde el principio de mi carrera, pero los prejuicios y el temor hicieron que, al inicio, escribiera canciones. Tenía miedo de lo que podían pensar los demás. Todo eso hizo que a temas de Rara, que eran muy parecidos a los de ahora, les insertara cuñas con estribillos, puentes y otras cosas. Me sentía un poco insegura. En esa época, como supuestamente no sabía nada sobre música, pensaba: “Éstos deben saber más, vamos a hacerles caso”. Me faltaba confianza. Me da rabia no haber tenido claro, en aquel momento, que mis ideas no estaban mal. Es indiscutible que Rara suena bien, pero no suena a mí. Segundo ya lo hice sola, así que todos los defectos que pueda tener son culpa mía. Y así seguí. Creo que, al revés de lo que algunos piensan, lo que hago es cada vez más simple. Es lo que me sale cuando actúo naturalmente.

