Promesa cumplida
En más de tres décadas, pasó por bandas fundamentales del rock argentino, integró el grupo de Pat Metheny y se ha establecido como solista, productor y compositor de música para películas. En 2005, editó “Aznar canta Brasil”, el primer disco doble (quizá, el más visceral) de su carrera.
TEXTO SALVADOR BIEDMA
FOTOS ANDY CHERNIAVSKY
Habla casi como si estuviera escribiendo: se toma su tiempo para rastrear las palabras que le parezcan certeras y ríe satisfecho cuando siente que dio en el blanco, cuando ve que una frase cerró como quería. Sobre la mesa ratona de su casa-estudio hay una figura enorme que representa a Buda, un bandoneón de papel y un pequeño contrabajo de cristal. Dice que se trata de una especie de manifiesto y que la mezcla de símbolos tan distintos es, en principio, propia del Buenos Aires del tercer milenio. En la biblioteca –enorme, dividida en varias partes–, descansan las obras completas de Shakespeare, Hölderlin, Whitman y Borges. Entre los discos, los que primero saltan a la vista son de Atahualpa Yupanqui, Astor Piazzolla, Leda Valladares y, desordenados (se nota que ha regalado alguno hace poco), dos o tres Aznar canta Brasil.
Un gato pardo, de mirada firme, entra en la sala. Se mueve con la misma tranquilidad que su dueño, el ex “niño prodigio” Pedro Aznar, quien, antes de cumplir 25 años, había editado su primer disco solista, había tocado en bandas como Madre Atómica, Alas o Serú Girán, había pasado por la escuela estadounidense de música Berklee y formaba parte del Pat Metheny Group.
AÑOS LUZ
Su primer instrumento fue la guitarra, pero a los 14 años ingresó como bajista en el grupo Madre Atómica, integrado nada menos que por Lito Epumer y el “Mono” Fontana. Aunque la banda no llegó a grabar ningún disco, inspiró el título de un álbum de Spinetta-Jade (Madre en años luz) en el que participaron no sólo Epumer y Fontana –integrantes de la banda– sino también Aznar, que fue invitado a programar la sección rítmica de dos temas.
Ante la mención de Madre Atómica, Aznar se reacomoda en el asiento y dice “uy, ¿vamos a irnos tan atrás?”. Sus palabras no denotan fastidio sino una mezcla de satisfacción y sorpresa; han pasado más de 30 años.
¿Cómo llegaste a Madre Atómica?
Lito Epumer y yo teníamos un amigo en común, Jorge Lencina, que, por esas cosas del destino, dijo: “Estos pibes se tienen que conocer”. Nos presentó. A su vez, Lito me presentó al “Mono” Fontana. Nos hicimos compinches musicales de inmediato. Madre Atómica ya estaba formado, pero se había ido el bajista. Cuando me ofrecieron entrar en el grupo, me encantó, más que nada, la idea de tocar con ellos. Aunque venía tocando la guitarra, yo sentía, desde hacía mucho, una especie de fascinación por el bajo. Fue una felicísima circunstancia porque me abrió la puerta a un instrumento que se convirtió en mi casa.
¿Qué es lo que más recordás de aquella época?
Éramos muy chiquilines. Pasábamos de ensayar música increíblemente compleja a jugar a la escondida, literalmente, y corretearnos por la calle. Ésa fue mi barra de la esquina, a pesar de que los tres vivíamos en barrios diferentes. Éramos muy unidos y muy compinches. Me acuerdo de que me puse a escuchar la música que ellos escuchaban: rock progresivo del más sofisticado. Yo venía con una dieta más austera de rock y blues y ellos se daban con cosas mucho más tupidas o, por lo menos, más difíciles de oír, como Emerson y Lake & Palmer. Durante los primeros tres meses, me propuse entender la música endemoniada que escuchaban estos dos y me agarraba unos dolores de mate fatales. Al final, conseguí, por lo menos, que no me sonara como una especie de batahola sónica. Imaginate lo que era exponerte de golpe, a los 14 años, a eso.
Después pasaste por Alas, ¿no?
Sí. Después de la separación de Madre Atómica, entré a tocar con Alas y fue una experiencia de aprendizaje muy trascendente. Eran músicos a los que admiraba mucho; con el “Mono” Fontana, éramos fans infaltables en los conciertos de Alas, que fue, tal vez, el grupo que mejor logró la fusión de folklore y tango con rock y jazz. En los temas, podía aparecer desde la intención jazzística hasta el dodecafonismo. Fue una escuela increíble y a muy temprana edad, también, porque tenía 17.
LEÉ LA ENTREVISTA COMPLETA EN LA EDICIÓN NÚMERO 41 DE REVISTA G7.
FICHA PERSONAL
UN PRIVILEGIO
Por Vitor Ramil, músico y escritor brasileño.
Durante el tórrido febrero del año 2000, “sin perder tiempo, pero sin prisa”, como aconsejó Saramago, grabé en Buenos Aires el disco Tambong. El productor era Pedro Aznar, un hombre loco, alegre y racional que se desarrolla como inventivo músico de mil instrumentos y como productor de fina sensibilidad y gran rigor técnico. Tiene su carácter, es verdad, pero logramos llegar al final de la grabación sin asesinarnos. Unos años después, en 2004, lo elegí para producir otro disco, Longes. Volví a trabajar con él porque sabía que contar con Pedro es un privilegio. Él siempre está listo para los mayores vuelos conceptuales y para las más profundas especulaciones estéticas. Es un profesional de primera y un compañero especial.

