SECRETOS Y MENTIRAS
Después de ganar el reconocimiento de todo el mundo por su novela el pasado, emprendió la escritura de una trilogía que se desarrolla en los primeros años de la década del ‘70. Mientras termina historia del dinero, el último volumen de la serie, habla de su método de trabajo y de las obsesiones de sus personajes. “Cuando una serie de mentiras empieza a tener cierta consistencia, entramos en el terreno de la ficción”, asegura.
TEXTO: MALENA SÁNCHEZ MOCCERO
FOTOS: NORA LEZANO
Alan Pauls habla de literatura. Dice: “Lo primero que tiene que hacer un escritor es inventar una manera de mirar. Si desarrollás una mirada ligeramente corrida de lo habitual para contar el mundo de todos los días, la cotidianeidad se convierte en algo raro, sorprendente, desconcertante”.
Sin quererlo, Pauls describe el clima que se percibe en sus novelas. Un mundo cercano pero inquietante; una prosa que parece bailar al ritmo de su propia estructura musical; frases que se expanden a través de comas y paréntesis puestos sin culpa, dejando la trama en segundo plano; letras hostiles a primera vista, que sólo se suavizan para quienes desean zambullirse en ellas. “Cuando escribo, no pienso en los lectores, pero me gustan las personas que aceptan desafíos”, dice.
Nació en el barrio de Colegiales en 1959. Se licenció en Letras y fue docente de teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como periodista en el suplemento cultural de Página 12 y fue traductor y crítico literario. Fue guionista de cine y televisión y presentador del ciclo de cine Primer Plano, en I.Sat.
Publicó su primera novela, El pudor del pornógrafo, en 1984. Luego siguieron El coloquio (1990) y Wasabi (1994). Con El pasado (2003) ganó el Premio Herralde de novela, uno de los reconocimientos más prestigiosos de España. La historia –que ocupó más de 500 páginas y fue descrita por Rodrigo Fresán como “la más grande y terrible historia de amor jamás contada”– fue llevada al cine por el director Héctor Babenco. Publicó ensayos, como Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth, El factor Borges o La vida descalzo. Sus textos han sido traducidos a los idiomas inglés, francés, portugués, rumano, italiano, holandés y alemán.
En la actualidad, Pauls está terminando de escribir Historia del dinero, la novela que cerrará la trilogía que comenzó con Historia del llanto (2007) y que siguió con Historia del pelo (2010).
¿Por qué elegiste el llanto, el pelo y el dinero como ejes para escribir esta trilogía?
Son tres elementos que me inspiran. Son elementos muy microscópicos, muy concretos, casi corporales. Necesitaba una vía de acceso a los ‘70 que tuviera esas características. No quería entrar en esa época por el lado de las ideas o de los grandes valores que moviliza ese momento histórico. Quería entradas menores, como si quisiera ingresar en la historia por la puerta de servicio. Entonces, me pareció que el llanto, el pelo y el dinero eran tres fósiles a partir de los cuales podía reconstruir la época de una manera un poco delirante.
¿Por qué decidiste situar la acción de las novelas en la primera mitad de la década del ‘70, una etapa de la historia poco narrada?
Porque me interesa mucho el deseo que había en esa época. Había una especie de positividad muy demencial en esos años. Me parece interesante volver a pensar en eso. La segunda parte de la década del ‘70 es más oscura, más sangrienta. Presenta menos ambigüedades porque los bandos estaban más definidos. Además, es una etapa que ya está ultra escrita y pensada. En cambio, en los primeros años de la década, la sociedad entera, prácticamente, se dedicó a desear la revolución, el socialismo nacional o lo que fuera. Esa parte de la historia mantiene todavía una reserva de enigma, que es lo que a mí me interesa.
UN PASADO
Alan Pauls era un niño cuando tocó por primera vez la máquina de escribir de principios del siglo XX que perteneció a su abuela alemana. “La tecnología de los escritores me gustó enseguida”, recuerda. Con esa máquina, Pauls escribió sus primeros cuentos y su primera novela, El pudor del pornógrafo.
¿Es cierto que comenzaste a escribir porque eras un mentiroso compulsivo?
Yo era mentiroso como, en general, todos los chicos lo son. Sin embargo, tenía conciencia de que, para que haya una mentira de verdad, hace falta que haya otra mentira. Uno miente una vez. La otra persona no termina de creerle y vuelve a hacer la pregunta. Entonces hay que seguir mintiendo. Es en esa segunda mentira donde empieza la carrera de un escritor. También podría haber desarrollado una carrera como inventor, tránsfuga, falsificador o estafador. Mentir una vez es fácil, pero sostener una mentira es mucho más complicado. Ése es el momento en que una mentira se convierte en una ficción. Cuando una serie de mentiras empieza a tener cierta consistencia, al punto de reemplazar a la perfección lo que en verdad sucedió, entramos en el terreno de la ficción. Ya no se trata de una mentira, tiene cierta dignidad [risas].
¿Qué fue lo primero que escribiste?
Empecé escribiendo poesía, pero dejé rápidamente porque era un poeta surrealista malo. A los 12 años escribí cuentos de ciencia ficción calcados de los textos de escritores que leía en ese momento, como [Theodore] Sturgeon o [Ray] Bradbury. Eran relatos que contaban pequeños episodios de mi vida en clave de ciencia ficción, dramas mínimos de la vida burguesa.
¿Guardaste alguno de esos textos?
Sí, tengo un par de cuentos que guardó mi clarividente madre. No los puedo juzgar en términos literarios, pero me parece que esos textitos rudimentarios reflejan que en la escritura encontraba un placer que no hallaba en otro lado.
Después de leer a aquellos autores de ciencia ficción, ¿qué escritores te influenciaron?
Lo que me permitió cortar con la ciencia ficción fue el descubrimiento de la literatura rioplatense. Cuando leí a [Juan Carlos] Onetti, Felisberto Hernández y [Julio] Cortázar sentí que la literatura era algo muy cercano y, por lo tanto, realizable. En esos tres escritores reconocí mundos familiares y, a partir de ahí, la lectura empezó a ser algo necesario.
¿Te permitís abandonar libros o siempre los leés hasta el final?
Puedo abandonar libros. No me gusta, pero ya no soy tan estricto. Incluso, hay libros que dejo no necesariamente porque no me gusten sino porque no logro plegarme al ritmo que proponen. Entonces, los dejo para retomarlos en otro momento. Los libros siempre te dan una segunda chance.
Como lector, ¿lográs sumergirte en la historia que propone el autor o te detenés a analizar cuestiones formales como la trama o el desarrollo de los personajes?
No puedo leer de un modo ingenuo, creyendo que el libro es la verdad o la realidad. Además, nunca fui muy sensible a las historias. La trama nunca fue para mí un anzuelo demasiado significativo para leer. Siempre me interesaron otras cosas de la literatura, como la invención de ciertos mundos, de ciertas perspectivas sobre las cosas… Son aspectos que están mucho más vinculados con la mirada y el mundo que con la narración de la historia, las aventuras y las peripecias. Nunca tuve –a diferencia de muchos escritores– una “época Emilio Salgari”. Es un autor que nunca me interesó demasiado.
POR LAS GRIETAS
Alan Pauls parece un escritor tranquilo, analítico, curioso. Un escritor que no necesita conocer el final de una historia para sentarse a escribir. Ni siquiera, saber cuánto tiempo le llevará llegar hasta él. Frente al estereotipo del escritor sufrido y ansioso, el autor de El pasado confiesa que la pasa muy bien escribiendo.
¿Qué cosas te inspiran?
Me inspiran los problemas, las cosas que no funcionan bien, los mecanismos que sufren desperfectos. Donde encuentro algo que no funciona como debería, siento que empieza el mundo de la ficción. Por lo menos, esas son las cosas que me despiertan interés de manera inmediata. Un cuerpo que comienza a funcionar mal, una relación amorosa que empieza a chisporrotear, una pared blanca que parece perfecta pero en la que, de repente, se puede ver una grieta. Me interesa mucho más seguir la aventura de esa grieta que va resquebrajando la pared que el blanco del resto de la pared.
¿Sabés cómo terminan tus historias cuando comenzás a escribirlas?
No, en general, no. Y menos en estas tres novelitas [Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero] que no siguen un guión muy preciso. Son novelas escritas un poco al azar. Voy adonde me lleve la música del libro. De todos modos, en general, no trabajo con muchos planes ni necesito conocer el final de la historia para ponerme a trabajar.
¿Te genera ansiedad encontrar ese final?
No.
Entonces, no sos de esos autores que sufren mientras escriben.
En general, la paso muy bien mientras trabajo. Durante el proceso de escritura, uno atraviesa momentos difíciles, de zozobra, y no sabe bien cómo seguir. Pero me parece que, cuando estoy escribiendo, esos momentos de tensión son mucho más interesantes que cuando los vivo sin estar escribiendo.
Te tomaste cinco años para terminar El pasado. ¿Cómo es pasar tanto tiempo trabajando en una novela?
Es raro. Vivir dentro de un mismo mundo literario durante cinco años es un poco alienante. Y, al mismo tiempo, escribir una novela tiene algo parecido a picar piedras. Es algo muy rutinario, estás todo el día trabajando en lo mismo… Las novelas se hacen de esa manera. Y esa rutina, en cierto sentido, es también el antídoto para la alienación que te produce estar durante cinco años en un mundo amoroso medio patológico o enfermo. Escribir El pasado implicó, por un lado, estar totalmente absorbido y enajenado y, por otro, sentir que iba a la oficina todos los días. Sólo que se trataba de una oficina un poco demencial.
¿Seguís una rutina para escribir?
Sí. Escribo a la mañana porque me parece que es el mejor momento para mí, el momento más joven, cuando estoy más lúcido. Nunca escribo mucho más que tres horas por día porque es muy cansador a nivel físico. Después puedo dar vueltas alrededor de lo que escribo, puedo leer, corregir.
Rímini, el protagonista de El pasado, es un traductor que no puede dejar de trabajar. En alguna ocasión dijiste que vos habías vivido esa experiencia. ¿Por qué no padecés esa adicción con la escritura?
Escribir una novela es como poner un ladrillo sobre otro hasta construir una historia. Si no agrego ladrillos, no hay nada. En cambio, la traducción implica un trabajo más exigente. Hay un texto que ya existe y otro nuevo que vos tenés que escribir. Para mí, como traductor, esa relación con el texto siempre fue muy adictiva. No me puedo levantar de la silla hasta que no haya terminado de traducir un texto. En cambio, cuando estoy escribiendo puedo levantarme de la silla mil veces. Es una situación mucho más relajada y controlable.
¿La historia inconclusa no te obliga a seguir escribiendo?
No. Cuando interrumpo la escritura de la novela me digo “mañana volveré”. Es una especie de futuro muy abierto.
Algunas críticas dijeron que en El pasado habías demonizado al personaje de Sofía y a las mujeres que forman el grupo Adela H. ¿Qué opinás al respecto?
Esas mujeres son militantes del amor, mujeres que hacen del amor una especie de causa superior. Tienen una teoría propia sobre el amor y los hombres y están dispuestas a llevarla hasta las últimas consecuencias.
Pero parecen obsesionadas…
Sí, como están obsesionados todos los militantes que entregan buena parte de su vida a causas que, probablemente, analizadas desde un punto de vista no militante, parecen un poco excesivas. Cuando estás arrebatado por una pasión no medís consecuencias. Si alguien te ve desde afuera, te dice que estás un poco loco. Pero, a la vez, hay algo que hace que esa experiencia sea fundamental para tu vida. Las personas están enfermas buena parte de su vida y esa enfermedad es lo que las hace vivir con intensidad.
¿En qué sentido las personas viven “enfermas”?
En el sentido de alienación, de no ser dueñas de sí mismas. Para mí, el término “enfermo” no es una mala palabra; no refiere a algo que hay que curar. Creo que las personas tienen las enfermedades que se merecen, que se inventan para sus propias vidas. Los médicos dicen “Fulano hizo un cáncer”. Hay algo muy personal en la relación que un individuo tiene con las enfermedades. Los alérgicos, los asmáticos, los insomnes, los enfermos de los nervios… No hay que pensar en la enfermedad como algo externo que nos invade. Me parece que las personas van elaborando las enfermedades que más les convienen.
¿Qué sentiste cuando viste la película de El pasado, dirigida por Héctor Babenco?
En el salto de la literatura al cine siempre hay un derramamiento de sangre. A veces es genial y, a veces, es menos genial. El Pasado es una novela difícil de adaptar al cine porque es muy interna, muy mental, muy de conciencia y de inconsciencia. Y la trama en sí es bastante banal, no presenta muchas sorpresas. Es un libro con muchas capas y muchas dimensiones. Traducir eso al cine es difícil. Creo que Babenco eligió el camino más obvio, que es contar un poco la historia pasional de la novela. No está mal, pero en la película hay cierto achatamiento, como si el director hubiera convertido un objeto tridimensional en un objeto de una sola dimensión. Al mismo tiempo, hizo cosas que están muy bien. Por ejemplo, muestra cierto trabajo con el tiempo; no se sabe muy bien en qué época transcurre la historia. Hay algo bastante fantasmal que me gustó, pero siempre es raro ver cómo un libro sobrevive en otro lenguaje.
Roberto Bolaño te definió como “uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos”. ¿Cómo te afectan ese tipo de reconocimientos?
Son como esas frases que han sido dichas para formar parte de las fajas que se ponen en los libros [risas]. Siempre lo tomé como un gesto de generosidad exagerado de parte de un escritor que admiraba y admiro mucho. Pero no significa mucho para mí porque yo no me pienso de esa manera. Pienso en mí como un escritor que escribe, que hace lo que quiere y lo que puede, y para el cual, siempre, el problema más importante es cómo escribir.
¿Les prestás más atención a las críticas sobre tu obra?
Cuando la crítica se convierte en una serie de juicios o en un pastiche armado con textos bajados de internet, no me interesa. Me interesa cuando establece una relación específica con un libro. En esos casos, encuentro en la crítica a alguien interesado en leer. Pero, en general, eso es raro.
Alguna vez dijiste que los suplementos culturales son “consecuentes”. ¿Por qué hiciste esa afirmación?
Me parece que los suplementos culturales son un poco esclavos de la actualidad, como el periodismo en general. A mí, la actualidad, la agenda, me importa muy poco. Un buen suplemento cultural tendría que ser capaz de inventar un presente. No sé si en la actualidad hay muchos suplementos en Argentina que estén dispuestos a hacer el esfuerzo que eso implica. Probablemente haya muchos editores que intentan hacer eso, pero chocan con sus jefes.
¿Te gustaría volver a la docencia?
Vuelvo cada tanto. Cada vez que tengo algún problema con lo que estoy haciendo, me gusta comunicar mi trabajo a otras personas. Lo hice en la Universidad de Princeton hace dos años y lo voy a hacer ahora en la Universidad Di Tella. Estoy preparando un seminario que voy a dictar en septiembre, que se llama La presencia del artista. La idea es hablar acerca de por qué es necesario, en el arte contemporáneo, que el artista esté presente. No me considero un profesor porque no enseño lo que sé. Me gusta enseñar lo que no sé, lo que estoy investigando.
¿Tenés otras ideas para escribir ficciones después de Historia del dinero?
Sí, tengo muchas ideas, pero me gusta descansar después de terminar un libro. Me gusta mucho perder el tiempo y, al menos en apariencia, no hacer nada. Tener una relación diletante con lo que quiero hacer. Perder el tiempo no es algo negativo. En general, es en los momentos en que creés estar perdiendo el tiempo cuando surgen ideas nuevas que te obligan a sentarte y escribir.

