Sobre ruedas
Con El Mamut, su último disco, este grupo de “skate rock” dejó definitivamente el under. Después de presentarse por primera vez en el Luna Park, Walas, el líder de la banda, repasa sus comienzos y dice: “los rockeros hemos ganado el derecho a ser personajes de fantasía”.
TEXTO JUAN MARÍA FERNANDEZ
FOTOS NORA LEZANO
Este año, Walas, cantante y líder de Massacre, decidió volver a psicoanalizarse. Hijo de padres separados, Guillermo Cidade –ése es su verdadero nombre– había pasado por el diván cuando era niño. Luego abandonó el tratamiento, cosa de la que se jactaba hasta hace poco. Unos meses atrás decidió darle otra oportunidad al psicoanálisis. “En la primera sesión, le avisé a la doctora: ‘Me agarrás cero kilómetro’. Tengo que pulir un par de fantasmitas que revolotean alrededor de mi cabeza, pero estoy pasando un gran momento a nivel personal y profesional”, cuenta.
Con respecto a su vida personal, sólo cabe decir que tiene un hijo llamado Alan y que desde 1995 está felizmente casado con “la Tori”, manager de Massacre. “Es la matriarca del grupo, es una torita, un Unimog que nadie puede parar”, asegura Walas. El gran momento profesional de Walas, en tanto, se lo brinda Massacre, banda que lidera desde hace más de 20 años y que completan Pablo Mondello (guitarra), Luciano Facio (bajo), Federico “Fico” Piskorz (guitarra) y Carlos Carnota (batería).
En los últimos días de 2007, estos pioneros del “skate rock” argentino editaron El mamut, su décimo disco de estudio. Con ese potente álbum, Massacre, que desde fines de los ‘80 transitaba la escena underground sin ningún complejo, dejó de ser una banda de culto y pasó a ocupar un lugar entre los grupos más convocantes del rock del país. Además de cosechar excelentes críticas, El mamut le permitió a Massacre presentarse en el estadio Pepsi Music (ex Obras Sanitarias) y, en los primeros días de septiembre de 2009, en el Luna Park. “Tocar en Obras significa la consagración en el mundo del rock”, afirma Walas. “Hacer un show en el Luna Park tiene una connotación distinta. Es un logro que supera al rock. ¡Yo iba ahí a ver Holyday on Ice!”.
¿Qué sentís en el momento en que subís al escenario?
Uno se transporta a una dimensión en la que todo es irreal, como un sueño, y pasa a ser otro. El piso se convierte en una alfombra que se mueve constantemente. En nuestro caso, esa sensación está potenciada porque transformamos el escenario en un lugar absurdo. Me gusta usar y abusar del sinsentido. Puedo decir algo serias, socialmente comprometidas, y, al segundo, cosas que no tienen sentido. Los rockeros tenemos cierta impunidad que nos permite comportarnos como chicos toda la vida. Hemos ganado el derecho a ser personajes de fantasía y tenemos más libertades que los demás. El escenario es el lugar donde esas libertades se exaltan.
En los últimos tiempos, tu figura ganó terreno sobre el escenario. ¿Cuál es el origen de tu histrionismo?
En los ‘80, cuando era chico, frecuentaba lugares como el Parakultural, donde había mucho teatro under. Me gustaba el rock, así que iba a ver a bandas como Todos Tus Muertos, Los Violadores o Sumo, pero al mismo tiempo veía a actores under que en los últimos años ganaron legitimidad, como Los Melli, las Gambas al Ajillo, Humberto Tortonese, Alejandro Urdapilleta, etcétera. También me encantaba el trabajo de Geniol, un performer que solía acompañar a Sumo. Por otro lado, me gustaba mucho la movida neoyorkina de principios de los ‘70 que después nutrió al punk. Admiraba a Alice Cooper y Wayne County –que después se hizo travesti y pasó a llamarse Jane County–, que tenían un costado muy glam. También me nutrí de Plasmatics, una banda que hacía shows muy teatrales. Desde hace un par de años, Massacre toca en escenarios más grossos y eso me permite llevar todas esas influencias a nuestros recitales. Me gusta llegar hasta el límite de lo ridículo, lo bizarro, lo absurdo. El hecho de ser gordo y usar guantes, boas y sombreros extraños ayuda.
¿Te transformás al subir al escenario?
Siempre creí que el gordo absurdo y delirante que subía al escenario era yo. Sin embargo, en los últimos tiempos el psicoanálisis me hizo crecer y empecé a cuestionarme un montón de cosas. Eso debilitó un poco los cimientos del “gordo Walas”. La persona y el personaje empezaron a separarse. Un cambio así implica algunos conflictos internos, pero lo importante es que estoy fortaleciendo a Guillermo Cidade para que también mejore Walas, el gordo de calzas rojas que sube al escenario.
¿Por qué creés que Massacre ganó tanta popularidad en los últimos tiempos?
Por varios motivos. En primer lugar, El mamut, nuestro último álbum, es un discazo. Todo lo que dijeron los críticos es verdad: está buenísimo, tema tras tema. En este disco pudimos mostrar nuestra música de un modo muy profesional. Hicimos buenos videoclips y, por primera vez, pudimos distribuir un disco en todas las ciudades de Argentina y en México. Por otro lado, el cover que hizo Catupecu Machu de nuestro tema “Plan B: Anhelo de satisfacción” nos dio mucha difusión. También participamos en la película Cara de Queso, que ganó el premio Gardel a la Mejor Banda de Sonido, y eso hizo que mucha gente empezara a hablar de Massacre.
¿Sintieron algún tipo de presión mientras grababan El mamut por tener más infraestructura a su disposición?
No. Estamos muy acostumbrados a editar discos y encaramos la última grabación como cualquier otra. De todas maneras, sabíamos que la producción de Juanchi Baleirón iba a darle un brillo especial a las canciones y que eso iba a atraer a más público. También éramos conscientes de que, con el apoyo de la compañía discográfica, El mamut iba a estar presente en todas las disquerías del país e íbamos a poder tocar en todos los festivales. Sabíamos todo eso, pero, en el fondo, era un disco más. Podía gustarle a la gente o no.
¿Ya están trabajando en nuevas canciones?
Estamos laburando en unos temazos. Nos juntamos a ensayar tres veces por semana. Un día lo dedicamos a perfeccionar nuestro sonido en vivo y el resto lo usamos para componer y probar cosas nuevas. Hace poco estuvimos laburando en un tema que se va a editar en un disco tributo a Los Fabulosos Cadillacs –amigos, padrinos, impulsores, mecenas, modelos y referentes de Massacre–. Calculo que el disco nuevo llegará en 2010. Con la plataforma que tenemos hoy, vamos a trabajar con más libertad artística.
Hace unos meses se reeditó Sol lucet omnibus, el primer disco oficial de la banda. ¿Cuál fue tu sensación cuando volviste a escucharlo?
Sentí algo de miedo antes de poner el disco en el equipo de música porque no estoy acostumbrado a escuchar material viejo de Massacre. Lo primero que pensé al escucharlo fue: “Qué bueno que está”. Sin embargo, éramos otros, cambiamos. En el sonido de Sol lucet omnibus se nota que estábamos prendidos fuego, en pleno vértigo, al mango de sexo, drogas y rock and roll. Mi voz era la de un “killer”, un verdadero hijo de “la iguana” Iggy Pop. Ya soy otro.
¿Qué recordás del primer recital de Massacre, cuando aún eran Massacre Palestina?
Fue en noviembre de 1987, en La Capilla, un lugar súper emblemático de los ‘80 donde tocaban bandas del under que estaban cerca de dar un salto y de empezar a hacer shows en escenarios más grandes. Antes habíamos tocado en vivo para nuestros amigos skaters, pero ése fue el verdadero debut. Compartimos la fecha con otros dos grupos que tenían cierta trayectoria, Morgue Judicial y Los Corrosivos. Tiramos la moneda para ver en qué orden nos presentábamos y nos tocó cerrar el show. En ese momento, el espíritu de los recitales era otro; hoy, los managers de las bandas se pelean por ver quién tocaba último. Cuando subimos al escenario, el lugar estaba lleno. Fue un show muy amateur, con mucho vértigo y adrenalina. Marcó un hito porque fue la primera vez que se vivió la cultura californiana en Buenos Aires. Había bermudas, skates, gente haciendo “stage diving”. Hasta entonces, sólo podía verse eso en algunos videos importados.
El nombre original de la banda tenía una carga política muy fuerte…
Massacre Palestina era un nombre mil veces más inteligente que Massacre. Hoy Massacre no me gusta, me parece tonto. Por eso, para mí seguimos siendo Massacre Palestina.
¿Hay lugar para la política en el rock actual?
No. En los ‘80, el país estaba saliendo de la dictadura militar, un proceso político muy fuerte. Estábamos experimentando la novedad de la democracia y todo tenía una carga ideológica muy fuerte. En sus comienzos, Massacre estaba metido en un mundillo under muy vinculado a la contracultura que se ejercía en espacios marginales y clandestinos, como comités anarquistas o locales sin habilitación. Quienes frecuentaban esos lugares eran “outsiders”.
¿El under es otra cosa ahora?
Hoy en día, no es extraño que premien a un travesti en televisión. Antes, quien se vestía de manera distinta a la normal era considerado un enemigo del sistema. Nosotros siempre estábamos arriba de un patrullero o encerrados en un calabozo por averiguación de antecedentes. Pasábamos la noche en una celda y a las 8 de la mañana teníamos que explicarle al comisario por qué usábamos el pelo de determinada manera y por qué andábamos patinando sobre una tabla con ruedas a las 2 de la mañana. Lo nuevo era considerado raro y había que mantenerlo bajo control. Un amigo suele decir que nosotros tuvimos que poner la jeta frente a la policía para que hoy los pibes puedan andar vestidos como quieran. Fuimos la avanzada que logró que los comisarios sepan que no tienen que meter preso a alguien por vestirse distinto.
¿Te interesás por las bandas que hoy podrían considerarse under?
Sí. Cuando tengo tiempo (cada vez tengo menos), me encanta meterme en… Iba a decir “sótanos”, pero lo cierto es que, después de la tragedia de Cromañón, los locales son todos bonitos, limpios e iluminados. De todas formas, sí, me encanta investigar a las nuevas bandas.
¿Qué diferencias notás entre el under actual y el que te tocó vivir?
Antes, la escena under se enfrentaba al sistema adulto. Los pibes de 20 años éramos los dueños de nuestros espacios. Subíamos los equipos a un Ford Falcon hecho pelota y organizábamos un Festipunk en un par de horas. Hoy, los dueños de los boliches son gente como [Jorge] Telerman o [Mauricio] Macri. Los espacios que antes pertenecían a los jóvenes, desde los cuales se podían hacer propuestas alternativas, hoy están contenidos en el sistema. Se perdieron los espacios desde donde se podían romper las estructuras.
¿Es posible que se recuperen esos espacios?
Yo aliento a las contraculturas. La misión del ser humano es ser feliz. Si estamos fracasando, tenemos que lograr que surjan nuevas ideas.

