Movimiento perpetuo
Es una de las curadoras independientes más destacadas del país, tiene una larga trayectoria como crítica de arte y se desempeña como docente. “No soy la típica curadora que convoca a los mismos artistas una y otra vez”, asegura.
TEXTO NOELIA FUKSBRAUNER
FOTO JULIA GUTIÉRREZ
Antes de convertirse en crítica, docente y curadora, Eva Grinstein se dedicó al periodismo. Trabajó durante seis años en la sección cultural del diario El cronista. Al principio escribía sobre cine y música, pero, de a poco, fue inclinándose hacia las artes plásticas. “Una vez, entrevisté a Pablo Suárez, que estaba internado a causa de una enfermedad. Estuvimos como tres horas dando vueltas por el hospital mientras hablábamos sobre el arte y la vida. Me pareció tan emocionante que pensé: ‘Quiero trabajar cerca de personas así’”, recuerda Grinstein.
Visitó bienales, museos y ferias y pronto se dedicó exclusivamente a la crítica de arte. Así llegó a colaborar con medios extranjeros como las revistas Art Nexus, de Colombia, y Flash Art, de Italia.
¿Qué te atrae de colaborar como crítica en medios extranjeros?
Me interesa pensar el arte en un contexto porque no creo en que las cosas tengan una esencia determinada. Al escribir para medios extranjeros, uno debe brindar cierta información para situar las piezas, las exhibiciones o los artistas porque, generalmente, los lectores desconocen el contexto.
¿De qué modo ejercés la docencia?
Soy docente informal de clínicas de arte. Desde hace varios años, trabajo con grupos de artistas en distintos lugares del país. Cuando me dedico a eso, lo hago desde un lugar totalmente distinto al de la crítica. No emito un juicio ni un comentario; escucho las dudas de los artistas, les doy bibliografía y trato de armar conexiones entre ellos. Aunque cumplo el rol de docente, creo que es necesario mantener algo de horizontalidad en cuanto a las opiniones de todos para que una clínica funcione bien.
¿Te sentís más cómoda como crítica, como curadora o como docente?
La verdad, me siento cómoda en todas esas disciplinas. Me interesa la diversidad; sin ella, me aburriría muchísimo. No me gustan las tareas repetitivas ni trabajar siempre con las mismas personas. De hecho, no soy la típica curadora que convoca a los mismos artistas una y otra vez.
¿De qué manera te metiste en el universo de la curaduría?
Antes de que se desatara la crisis de 2001, la sección cultural del diario El cronista cerró y me quedé sin trabajo. En ese momento, me ofrecieron inscribirme en una beca que se desarrollaba en Madrid. Era una suerte de maestría para artistas y curadores jóvenes de Latinoamérica. Me presenté, gané y viajé a España. Cuando terminé la residencia, a principios de 2003, decidí volver porque sentía que se estaba gestando algo histórico en Argentina: las asambleas barriales, las cooperativas para la recuperación de fábricas, los artistas que se agrupaban para hacer algo juntos… Sentí que me estaba perdiendo todo eso. Era joven y quería aplicar en mi país lo que había aprendido en España.
¿Cómo definirías la tarea del curador?
Para mí –no lo digo como una fórmula–, se trata de una “edición de espacios”. Me parece similar al trabajo del editor de una revista, que, en ocasiones, debe recortar una nota y, en ocasiones, debe añadir detalles, testimonios, datos…
¿Qué resulta esencial para que un curador sea bueno?
Yo creo en el valor la información. Es un resabio que me quedó del periodismo. Para mí, estar informado resulta esencial. Trato de conocer a todos los artistas y saber qué están haciendo, cosa que requiere trabajo. Informarse sirve para poner al público en contexto cuando lo invitás a una muestra o cuando plasmás una exposición. También es necesario tener un grado de opinión propia. Mi opinión, sin duda, está influida por mis gustos y me hago cargo de eso. No voy a hacerme la objetiva ni a teñir todo de una imparcialidad ficticia.
¿Creés que los artistas contemporáneos tienen características en común?
No. Lo característico es el movimiento permanente. La historia del arte se relaciona con acciones y reacciones, con movimientos y contra-movimientos.
¿Cuáles son las particularidades del mercado de arte local?
En Argentina, no hay protección para los artistas. No existen grandes subsidios oficiales ni se ve un mercado sólido de coleccionistas. Los artistas están solos con su inventiva y trabajan en forma muy independiente. En Europa, los artistas son esclavos del sistema que los protege porque los subsidios son tan importantes que se encierran a realizar presentaciones para las becas. En Estados Unidos, producen lo que las galerías les piden porque saben que lo aceptan y lo venden. En Argentina, hay un poquito de todo: aportan algunas galerías, algunos coleccionistas, hay instituciones que dan becas y existen ciertas iniciativas estatales.

