El arte de la reflexión
Con palabras claras, la hiperactiva curadora habla de su oficio, de cómo percibe las artes visuales y de cuál debería ser el rol del Estado en ese ámbito. Su trayectoria y su labor en la galería Braga Menéndez la convierten, sin duda, en una voz autorizada.
TEXTO FELISA BLAQUIER
FOTOS MARIANA GATTO PARA ESTUDIO ACH
El color de los ojos de Florencia Braga Menéndez parece indescifrable. No son verdes ni celestes. La dueña de esa mirada enigmática es una mujer sensible y enérgica que ha dedicado la mayor parte de su vida a la promoción de las artes visuales. En la actualidad, Braga Menéndez se cuenta entre las curadoras más distinguidas del país y la galería que lleva su nombre les da visibilidad a las distintas expresiones de arte contemporáneo.
¿Cuál fue tu primer contacto con el arte?
Mi primer contacto con el arte tiene que ver con mi propia producción. Mi papá dibujaba muy bien, hacía cosas increíbles. Cuando era chica, jugaba mucho con él y siempre me gustó experimentar. Recuerdo que, durante unas vacaciones, armé una “instalación” alrededor de mi cama y se formó algo rarísimo. El arte siempre estuvo presente en mi vida.
¿Y cuándo lo encaraste de modo profesional?
No lo recuerdo exactamente. Me casé con un pintor cuando era jovencita y se formó un grupo de artistas muy lindo. De a poco, empecé a “manejar” las obras de ese grupo porque nadie se hacía cargo. En ese momento, comencé a escribir sobre arte y fui dejando de lado mi producción. Una amiga me prestó un local en la avenida Córdoba y empezamos a desarrollar juntas lo que hoy es la galería Braga Menéndez. Se trataba de una suerte de pequeño museo donde, además de vender obras, nos juntábamos a debatir. Me convertí en galerista y curadora de manera casi involuntaria.
No es muy frecuente que una persona desempeñe esas dos funciones al mismo tiempo. ¿Cómo manejás esa situación?
Las dos disciplinas están muy vinculadas, así que convivo con ellas armónicamente. Mi campo de trabajo es, fundamentalmente, la educación y la política cultural; eso se complementa con mi labor en la galería.
¿Cómo se complementa?
El espacio que tengo excede la idea de un comercio en el que se venden obras de arte. Armé un proyecto en el que se privilegia la reflexión sobre el mundo del arte. La galería me sirve de excusa para dedicarme a lo que me interesa. Entonces, funciona como un punto de partida desde el cual se disparan diversos contenidos. No creo que la curaduría sea una suerte de Olimpo que esté enemistado con la pata comercial del arte; para mí, ésas son ficciones.
¿Te referís a la valoración negativa del aspecto comercial en el ámbito artístico?
Sí. Estoy en contra de la idea que postula que estamos en un mundo espiritual o filantrópico en el que no existe el intercambio de bienes. Esa imagen perjudica a los artistas, que no gozan de obra social ni de vacaciones. Me parece muy hipócrita pensar que el mercado del arte es algo “malo”. Si fuera por mí, no viviría en una sociedad capitalista; sería muy feliz compartiendo los bienes y haciendo trueque. Sin embargo, no me quedo en esa idealización. Me encanta la curaduría, pero también valoro el hecho de ser comerciante porque eso me ha dado cierta independencia. En todo caso, habría que definir la noción de curaduría de un modo más claro. Por cómo están planteadas las cosas hoy, me honra más mi profesión de sencilla mercader que el título de curadora.
Leé la entevista completa en la edición número 53 de Revista G7.
ATÍPICA, por Marta Minujín.
Florencia y yo nos conocimos hace dos o tres años. Vino a verme a mi taller y le di unas esculturas de yeso para que vendiera en su galería. Desde entonces, trabajamos juntas en forma esporádica. Ella es muy inteligente y tiene una gran imaginación. Hace poco, fuimos al rodaje de la película que Francis Ford Coppola está filmando en Buenos Aires y nos divertimos mucho. Estábamos paradas en un rincón y ella me dijo que quería actuar. Empezamos a hacer improvisaciones sin que nadie nos viera, como si se tratara de un happening, y nos reímos mucho. Florencia es una mina atípica que se presta a todo.

