El juego de la silla
Izcovich es lo que se define como “un bicho de teatro”. Actualmente, protagoniza y dirige Todos hablan en el teatro la carbonera mientras prepara la puesta en escena de Por favor, sentate en el Patio de Actores.
TEXTO ANA LARRAVIDE
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ PARA ESTUDIO ACH
Los ojos de Gabriela Izcovich se achinan al sonreír. Oscura y seductora, ella es, en sí, un espectáculo. Nos juntamos en La Academia, un conocido bar de billares porteño que no cierra nunca sus puertas. Izcovich toma su té y noto que le resulta inevitable vivir en estado teatral. Su cuerpo se pliega a las palabras, las palabras se pliegan a sus emociones. Lo que dice y escucha pasará, tarde o temprano, de su memoria al escenario o a sus cuentos.
Ha adaptado, entre otros textos, Intimidad, de Hanif Kureishi, Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi, Terapia, de David Lodge, y La venda, de Siri Hustvedt, lo que la ha transformado en una experta en el arte de llevar al teatro obras literarias. En La Carbonera, una pequeña sala ubicada en San Telmo, estará en escena hasta fin de año Todos hablan, una pieza en la que se desempeña como directora y actriz. Además, en agosto estrenará Por favor, sentate en el Patio de Actores.
EL FUTURO Y EL AZAR
Cuando era chica, Gabriela se disfrazaba e imitaba los gestos de distintas personas y volvía loca a su mamá porque, al despertar, le decía, por ejemplo, “hoy me llamo Laura” y, si su madre lo olvidaba y la llamaba “Gaby”, hacía caso omiso. Como su madre no siempre recordaba qué nombre había elegido su hija para ese día, probaba con algunos, pero no obtenía respuesta hasta que no acertaba. “Cuando era niña, jugaba a ser maestra o bibliotecaria. Como la biblioteca de mi papá era muy grande, armaba fichas y entregaba libros a personas imaginarias”, recuerda.
En la obra Todos hablan, hay una chica a quien su abuelo le contaba historias.
Sí. Cada cuento empezaría de manera alegre y se volvería muy triste hasta que, sorpresivamente, cargado de optimismo, presentaría un desenlace feliz.
¿Y qué sucede con la vida?
La vida… Soy una persona feliz y optimista que enfrenta los problemas con mucha energía. Estoy leyendo Si esto es un hombre, el libro que Primo Levi escribió sobre sus días en un campo de concentración. Eso me llevó a pensar que, por más optimismo que uno tenga, cuando le toca algo así…
El neurólogo austriaco Viktor Frankl, quien también estuvo en varios campos de concentración, observó que allí no sobrevivían los más fuertes sino los que tenían un proyecto sólido para el futuro.
Es posible que el futuro actúe como un imán salvador. El futuro y el azar son dos temas que me apasionan. Siempre pienso “¿qué pasaría si…?” o “¿con quién voy a estar cuando…?”. Quizá el próximo hombre de mi vida esté ahora haciendo las compras en un supermercado de Hong Kong. Me gusta pensar en esas cosas, que parecen mágicas y que Paul Auster trabaja tan bien en sus textos. El azar es muy importante en mi vida. También es muy importante la observación. Ahora, en este bar, por ejemplo, ¿qué pasaría si esa persona se pusiese a llorar? Nada es más bello que un rostro en acción. Los cuerpos hablan y también habla la decisión de una persona con respecto al espacio en el que se ubica: al lado de la ventana, en el fondo del bar…
¿Qué opinás de esa chica que está allá con un pie descalzo sobre la silla?
Parece sentirse cómoda con su cuerpo. Hoy, las mujeres son menos tímidas que antes y los pies desnudos resultan algo muy sensual. Cuando doy clase, observo el lenguaje de los cuerpos; es lo primero que aflora en los que estudian teatro. Los adolescentes suelen esconderse, usan las mangas hasta las falanges de sus dedos o se ocultan diciendo “todo bien” cuando, en realidad, está todo mal.
¿Y los adultos?
Están agarrotados. Manifiestan dolores musculares, dicen que les duele el cuello, la espalda, el alma. Creo que no saben lo que verdaderamente les pasa. Sin embargo, cuando salen de la rigidez, la línea de pensamiento se filtra y, antes de que surja la palabra, se aprecia algo en sus rostros. Si lo que dicen después no coincide con eso, les digo: “No estás diciendo lo que sentís”.
LEÉ LA ENTREVISTA COMPLETA EN LA EDICIÓN NÚMERO 41 DE LA REVISTA G7.
MAS INFORMACION
EN CONFLICTO
Muchos dramas cotidianos tendrían solución si uno fuese capaz de comunicar sencillamente lo que siente. Sin embargo, uno arma escándalos o protesta por motivos triviales, que nadie reconoce como fuente de problemas. En general, ese tipo de situaciones es el que los autores teatrales prefieren.
Cuando sentimos algo que no logramos decir, ¿significa que estamos haciendo “teatro” ante los demás?
A veces, no somos capaces de reconocer lo que sentimos y eso hace expresarlo sea imposible. Aun así, lo exteriorizamos a través de estallidos o “teatralizaciones”. En Traición, por ejemplo, Harold Pinter lo muestra muy bien.
¿De qué manera?
La obra muestra a dos amigos y a una mujer que ocultan sus afectos; ella es la mujer de uno de ellos y la amante del otro. El marido sabe lo que ocurre y el amante no sabe que su amigo lo sabe. Se reúnen en un restaurante italiano y, como son ingleses, se espera que sean reservados, pero el espacio en el que interactúan está vinculado a una cultura muy expresiva. Entonces, allí arman un escándalo y teatralizan sus sentimientos.
¿Qué le pasa al espectador de un conflicto teatral?
Se mimetiza, se alivia, se da cuenta de que “esto no me pasaba sólo a mí”. Por su parte, el creador de la obra siente una liberación. Transformar determinadas situaciones en hechos artísticos es más interesante que guardarlas en nuestro interior. Lo maravilloso del teatro y de la literatura es que te permiten tener una visión artística de la vida. Es lindo percibir que uno tiene razón y que el otro también. El teatro te deja que muestres la razón colectiva, la emoción de todos.

