Ida y vuelta
Tanto en Francia, donde viven, como en Argentina, su tierra natal, Marilú Marini y Alfredo Arias son dos figuras destacadas del mundo teatral.
TEXTO CAROLINA PRIETO
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ PARA ESTUDIO ACH
Marilú Marini y Alfredo Arias se mueven frente a la cámara con naturalidad. Ensayan poses, juegan, se divierten. Responden a los pedidos de la fotógrafa con agrado y, a pesar de los cambios de ropa, mantienen un aire elegante en el que se cuelan gotas de humor e irreverencia. Un cuello alto, un pañuelo amarillo chillón, unas estrellas blancas sobre una camisa negra, unos zapatos chaplinescos, todo está allí para jugar.
En Incrustaciones, la obra de la dramaturga francesa Chantal Thomas que juntos protagonizan en el teatro Alvear, Marini se desdobla: interpreta a Raimunda, una mujer ingenua, tierna, resuelta a terminar cueste lo que cueste con su soledad, e interpreta a la madre del hombre con el que Raimunda se casa. Arias, quien adaptó el texto y dirige la puesta, es Patrick, el marido de Raimunda, un grandulón que vive del vínculo asfixiante, casi incestuoso, que ha tejido con su odiosa madre. Ante una escenografía despojada, las tres criaturas se mecen al borde del abismo haciendo brotar un humor ácido y exagerado que torna más tolerables las desgracias de los protagonistas.
Resulta llamativo que esta obra sea una suerte de homenaje a la psicoanalista de Arias, una correntina radicada en París que ayudó al director (él lo ha dicho en varias ocasiones) a separar a su madre de su discurso. Incrustaciones, sin embargo, muestra algo opuesto; allí se ve a una madre “incrustada” en su hijo.
Alfredo, ¿cómo ves esa contradicción?
ARIAS: Las cosas no cambian, pero se pueden desarticular, ordenar y replantear. Uno no se cura de nada: con lo que vino al mundo, se va. Sin embargo, uno aprende a vivir con lo que tiene. En mi caso, lo uso como material creativo. En la mayoría de las sesiones psicoanalíticas, hablé de mi madre. Tanto es así que deseaba usar eso en una obra de teatro aunque tenía en claro que no la escribiría yo. Entonces, armé un atelier de escritura con varios dramaturgos y abordamos diferentes aspectos de la relación madre-hijo. En ese marco surgió el texto de Chantal. Hicimos una presentación en Buenos Aires, en el Festival Tintas Frescas, y después, en 2005, estrenamos la obra en París.
La madre “absorbe” a uno de sus hijos varones. ¿Creés que se trata de una temática universal?
ARIAS: Todos los seres humanos hemos tenido una progenitora. Que sea mejor o peor que la de Incrustaciones es cuestión de suerte. Una madre representa un personaje vital y mortífero a la vez: da vida y puede matar. Si no se produce una separación entre madre e hijo, el niño puede ser un tonto para toda la vida. Algo así le pasa a Patrick, que vive bajo la influencia de su madre.
Sin embargo, se advierte en él cierta ambición por desprenderse.
ARIAS: Él se debate entre preservar el vínculo con Raimunda, su nueva mujer, y seguir sometiéndose a su madre. De hecho, él le mete un cactus en la rosca de reyes para matarla. Cuando la madre le cuenta que concebirlo le resultó asqueroso, la lucha reaparece. La pieza también registra las dificultades con que se enfrenta un tercero que pretende instalarse en un sistema enfermo con el objeto de modificarlo. Si Raimunda pensaba que podía ayudarlos, le fue pésimo. Muchas veces, los mecanismos de sometimiento y crueldad son más fuertes de lo que uno cree. En este espectáculo, hay una gran exacerbación, como si pusiéramos todo sobre una sartén con aceite hirviendo.
Leé la entrevista completa en la edición N° 44 de Revista G7.
LOS MISMOS DE SIEMPRE. Por Enrique Pinti.
Los conozco desde hace más de 30 años y, aunque viven en Francia, nunca dejé de verlos. Se ha instalado la idea de que son severos al trabajar, pero yo me siento muy cómodo con ellos y se genera entre nosotros un clima de muchísimo humor. Alfredo y Marilú son muy distintos y crecieron a partir de sus diferencias. En cuanto a su postura frente al arte, frente a la búsqueda permanente, frente a las obsesiones y los intereses de la juventud, son los mismos que iban al instituto Di Tella; nunca olvidaron de dónde provienen ni perdieron su esencia. En París (donde existe, por suerte, un fuerte apoyo al teatro), han desarrollado una gran carrera.

