Inspirada
Convertida en una especie de Woody Allen femenina, un día decidió que no dibujaría más sus clásicas historietas, por lo que fueron desapareciendo de los diarios y revistas de la Argentina y del mundo mientras se regalaba un año sabático.
Encuentro con una de las más grandes dibujantas del país, cuyo grafismo –en apariencia simplista, pero en realidad nervioso y eficaz– sostuvo, durante una década, viñetas lúcidas y desopilantes.
TEXTO ESTEBAN FEUNE DE COLOMBI
FOTOS ANDY CHERNIAVSKY
–Hola –contesta Maitena, apenas abierta la puerta de su departamento porteño, su pied-à-terre cuando no está en la costa uruguaya–. ¿Un café?
–No, gracias, no tomo café. (Me fumaría, encantado, un cigarrillo, pero sé que ella dejó sus Parisiennes después de una operación en las cuerdas vocales de la que heredó una voz raspada y con menos decibeles).
–¿Un té? –propone–.
–…
–Mejor una cerveza, ¿no? Una Coronita bien fresca…
–Buenísimo –digo yo.
Ya en el living –luminoso, despojado–, veo que cuelga, sobre la chimenea, un enorme Gorriarena, pintorazo argentino. En él, como en la foto famosa de Doisneau, una pareja se besa palpitantemente. “¿Gorriarena?”, pregunto. “Muy bien”, dice ella. “Es un cuadro muy lindo”, atino a decir. “Mirá éste”, me dice. Y del living, decorado con una mesa baja y un enorme florero, pasamos al comedor, perseguidos por el crujido antiguo de los pisos. “Este”, señala, “es de Marcia [Schvartz], que es amiga mía”. En éste hay una mujer bajo la lluvia. Una lluvia nítida lograda con finas líneas blancas en primer plano. Como una catarata casi por delante de la tela. Nos damos vuelta. 180º. “Este otro”, sigue, “es de [Martín] Kovensky, que también es amigo”, y en cuyo cuadro aparecen, difusas, dos mujeres sentadas. Una lleva el pelo platinado. “La de la derecha soy yo. Estaba con una amiga y Martín quería pintarnos. ‘Siéntense ahí’, nos dijo. Era en el ’83. Mi hermano había comprado el primer gameboy de todos, creo. Y ahí quedé, jugando, re-colgada”. Me doy vuelta. Enfoco de nuevo la lluvia. Los dos cuadros están perfectamente enfrentados. “Se llevan bien. Debe ser porque los artistas son amigos”, conjetura. Aparece un gato blanco con manchas negras. “¿Cómo se llama?”, pregunto. “Shinobi”, dice ella. “Ninja, en japonés”, explica. Nos sentamos en unos cómodos silloncitos de cuero negro. Entreveo un cuadrito de Liniers –el culpable de, entre otras alhajas, la tira “Macanudo” que publica La Nación– pero no digo nada. También un espejo (del que parecen salir gestos, miradas, historietas) y, más lejos, un escritorio ordenado, una laptop, un banco de bar. Y afuera, parece, desenchufaron el atardecer.
¿Parás de publicar tus tiras?
Paro con todos los medios: de acá y de afuera. A algunos les sigo mandando historias hasta que se acabe el contrato. Pero no renuevo porque no estoy laburando.
¿Y entonces? ¿Qué estás tramando?
[Silencio]. Estoy escribiendo. Pero estoy en otra. Creo que esto tiene que ver con mi espíritu punk. Cada tantos años me aburro. Me aburro de lo que funciona. Entro en una inercia en la que no hay vértigo. Yo, ahora, con el segundo libro de Curvas [Curvas Peligrosas 2, publicado el 1º de diciembre], sentí que había dicho todo lo que tenía que decir en ese formato. Decidí parar, tomar distancia para ver por dónde sigo . Con total honestidad. Porque me cago en que la gente se olvide de mí o en perder mi página en la revista.
¿Por qué frenás ahora?
Era una necesidad. Lo pensé, lo pensé y lo pensé: necesitaba parar. Estoy laburando desde los 17 sin respiro. Basta. La gente me decía, “te vas a arrepentir”, “te va a costar volver”. La verdad es que paré hace tres meses y no dibujé ninguna historieta más. El tema del cierre semanal era un como una espada de Damocles en la cabeza desde hace 20 años. No lo aguantaba más. Para irme de vacaciones tenía que dejar todo adelantado. Para irme de viaje y para enfermarme, también. He trabajado con fiebre. Cuando se murió mi padre yo entregué mi página en Para Ti. Ahora no quiero más. Y quiero que quede claro esto: paro porque puedo. Porque tengo, afortunadamente, ese privilegio. Y lo estoy usando para preguntarme qué quiero hacer, cuál es mi deseo. Por ahora no sé. Pero la paso muy bien con la decisión de haber parado. Está buenísimo tomar distancia de cierta cosa pública. La verdad es que yo no sirvo para famosa.
¿Por qué?
Porque me da vergüenza. No me gusta que me miren, me incomoda. Al mismo tiempo no soy una persona de perfil bajo. Si fuera perfil bajo no andaría con estos pelos, pero siempre fui muy personal, de tener mi look. ¿Por qué voy a cambiar? ¿Ahora tengo que ser una señora con un tailleur y con el pelo castaño recogido para que la gente no me mire? Me gusta mi pelo y me agrada no estar tan cerca. No me siento cómoda en ese papel. Además, no soy una persona que se sienta linda, y entonces percibís que te miran porque tenés algo, un fleco, una hilacha, un moco, un perejil en el diente: “¿Por qué me miran?” No soy una persona que haya usufructuado la fama. Yo pago todas las cosas que compro: las comidas, los muebles, la ropa, los pasajes de avión. Y a mucha honra. Sólo acepto regalos de amigos. Tengo amigos diseñadores que de repente me dicen “esto es para vos”. En realidad, de la fama, es más lo malo que lo bueno que me toca.
LEE LA ENTREVISTA COMPLETA EN LA EDICIÓN Nº 26 DE REVISTA G7.
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GRACIAS
Por Liniers, dibujante.
Maitena es una artista y una persona generosa. Primero conocí sus dibujos. Mucha gente dice que el secreto de su éxito se debe a la capacidad de percepción ultra desarrollada que tiene para captar cada una de nuestras actitudes, costumbres, tics, absurdismos, tonterías, etc. Sin embargo, creo que la razón de su éxito está escondida en la segunda lectura que se puede hacer de su trabajo. Sus críticas nunca son pedantes ni agresivas, y la mayoría de las veces uno adivina que la víctima de sus humoradas es ella misma. Es valiente, muestra su mundo y queda expuesta: eso es lo que hace un artista generoso. Y después la conocí a ella. Uno siempre escucha cuentos de grandes artistas que revelan un costado abierto y sensible en sus obras y en persona son antipáticos y soberbios. Maitena no. Maitena se parece a su obra. Es imposible no pasar un buen rato si estás en su presencia. Y cuando se está frente a alguien generoso se dice: ¡gracias!

