Memorias del subsuelo
Ha sido venerado en el mundo del rock y es un referente del underground. Se hizo conocido por sus monólogos en los shows de los Redondos y por haber dirigido la mítica revista Cerdos & Peces. Aquí repasa su ajetreada vida.
TEXTO SALVADOR BIEDMA
FOTOS NORA LEZANO Y SEBASTIAN ARPESELLA
Por momentos parece un viejo cascarrabias, por momentos da la sensación de que es un joven cuya sangre hierve y por momentos uno cree estar frente a un niño indefenso. Habla con una naturalidad prodigiosa y es difícil saber si, en su verborragia, se da cuenta de que se contradice más de una vez. Lo cierto es que un martes a las 3 de la tarde, despatarrado sobre una silla de La Perla del Once (el bar en cuyo baño, según cuenta la leyenda, se compuso “La balsa”), tomando whisky y fumando un cigarrillo tras otro, Symns se dispone a contar su historia.
LLEGA EL DOLOR
Le pregunto en qué año nació porque no pude encontrar ese dato. “Es un secreto”, me dice. “Tengo una fecha de nacimiento falsa por motivos legales. En el documento dice que nací el 2 de enero del año ‘47”. Como si se tratase de un juego, le pregunto si nació antes o después de ese día. “Antes”, afirma. Hace una pausa. Piensa, duda. “Bah, te podría decir. Sí. Nací el 22 de diciembre del año ‘44”.
Symns se crió en casa de sus tíos y sólo supo quiénes eran sus padres de grande. Los veía, sí, pues iban de visita, pero no sabía que existía semejante parentesco. “Es una historia familiar muy complicada”, dice. Como sus padres vivían en concubinato (él estaba casado con otra mujer) y la familia sirio-libanesa de ella creía que eso era terrible, mantuvieron al niño ajeno a esa historia, se la ocultaron durante mucho tiempo. “Cuando mi papá enviudó, se casaron”, cuenta, “y yo fui testigo del casamiento. Ellos creían quererme, pero para mí eran una pesadilla, su vida me parecía siniestra”.
No fuiste a la escuela, ¿no?
No, pero nunca me arrepentí. Al contrario, me dio un orgullo increíble instruirme solo. Después quise hacer la secundaria y, por supuesto, no pude. Me faltaban estudio, socialización y disciplina. Por otro lado, cuando me mudé a lo de mis padres, inicié mi carrera delictiva. Me escapaba y fui aprendiendo, con todo el pánico del mundo, a vivir en la calle.
¿A qué edad, más o menos?
Muy joven. Era menor de edad. Me había enamorado de una chica hermosa y quería hacerme el malo. Anduve mucho tiempo de delincuente, robando, armado. Cada tanto volvía a lo de mis padres… Lo curioso es que volví a la casa de mis padres de grande; me arrepentí, quise ser bueno, me dieron pena de golpe no sé por qué mierda. Cuando me fui a España, en el ‘75, todavía me chupaban un huevo y mi mamá lloraba y yo dije “va a morirse” y recién se murió en el año 2000. Yo lloré y sufrí por la muerte de mis padres; me dio un alivio infinito.
¿Te dio alivio?
Claro. Sobre todo, porque se disuelven en la nada. Vos sufrís por vos, pero ellos dejaron de sufrir y eso es bárbaro. Después los extrañás vos, que es otra cosa.
¿Pensás que la vida es sufrimiento?
Sí. El placer es una adaptación al dolor. El goce es diferente, es el misterio de la vida, pero, ¿qué es el cerebro sino un producto del miedo? Sirve para adaptarse a un plan incomprensible del que formás parte y al que te tenés que adaptar. El mecanismo de adaptación forzosa te obliga a vivir este circo, este plan siniestro donde todas las almas se conforman.
¿Un plan ideado por quién?
Es muy complicado hablar de eso. Yo estudié muy profundamente el misterio de la existencia; he hablado con epistemólogos, con virólogos, he entrevistado a psicoanalistas, a expertos en química… El misterio del que hablan todos los epistemólogos es cómo llega la palabra. La palabra es un virus, como dijo [el escritor estadounidense] William Burroughs, un virus que se adaptó para controlar la respiración del mandril. Yo hablo y, cada vez que hablo, construyo un plan que es ajeno a mí. Bueno, éste es el mundo: hay que trabajar, hay que tener hijos, hay que estudiar, hay que hacer revistas, hay que… No sé qué otra cosa se puede hacer, no es que lo sepa.
¿Cómo empezaste a robar?
Empecé en mi casa. En aquella época, el mundo era ingenuo, dejaban la plata debajo de los sifones. Vos entrabas en un edificio y lo recorrías de arriba a abajo y, con la plata de los sifones, bebías, comías y dormías. O robabas plata de… Bueno, de muchas maneras. Hasta que empezamos a robar con arma. Yo sabía que ése no era mi destino y lo peor es que no paré. Pero a mí me castigaba la vida, yo tenía un karma. A muchos delincuentes no les pasa nada; yo tenía el karma de hacer algo traicionando mi consciencia, algo con lo que no estaba de acuerdo, que hacía por desesperación. Como no fui a la escuela, no aprendí nada, no sabía convivir con los demás ni trabajar. Fui artesano, por ejemplo, porque mi pareja era artesana, pero después, cuando me quedaba solo, no sabía hacerlo y tenía que robar otra vez.
¿Cuándo dejaste?
Yo le había robado mucho a [Gabriel] Levinas. Bah, lo había traicionado, como él me había traicionado a mí. Un día, dejó como U$S 10.000 arriba de una mesa y se fue a bañar. En ese momento, pensé: “Agarro el dinero, me voy a la estación Once y desaparezco de Buenos Aires”. No lo hice. Cuando salió del baño, me dijo: “Bueno, ya sos mi amigo”. Era una celada que me había hecho. A partir de ahí, no robé más.
LEE LA ENTREVISTA COMPLETA EN LA EDICIÓN NÚMERO 30 DE REVISTA G7.
MAS INFORMACION
EL ROCK SEGUN SYMNS
Vos escuchás a una banda sajona –a The Strokes, por ejemplo– y te querés matar. Están tocando una música nueva, no están cantando pelotudeces. Acá hay unas letras de mierda, con el rock chabón, la hermandad… Yo estoy escuchando una música anglosajona alucinante, bandas extraordinarias como The Super Furry Animals. Algunas han venido, ¿no? Vino Morcheeba, por ejemplo, que es increíble. No vino Radiohead, que es la que más me gusta. Eso es la música. El ADN del rock es anglosajón. El rock está hecho para que Lou Reed pueda hacer “Un día perfecto”. Acá, andá a cantarte esa canción… No podés porque “jabón” tiene que rimar con “Perón”. Es el rock más mediocre que se ha escuchado. Antes, estaban Sumo y Los Redondos. Creo que las dos más grandes bandas de la historia del rock en toda Sudamérica son Sumo, que no podemos saber cómo hubiera sido porque Luca murió, y, por supuesto, Los Redondos, con el Indio Solari, que es el más grande compositor de habla hispana. Después, bueno, los cantautores: Fito Páez, Charly García y Spinetta. Y punto. Después no viene más nada.

