Testigo
Durante los últimos años, la obra literaria y periodística del mexicano Juan Villoro se ha consolidado como una de las más importantes de Latinoamérica. Aquí, el escritor, que participó en la última feria del libro de Buenos Aires, habla sobre su vida, sobre el periodismo, sobre la literatura…
TEXTO SALVADOR BIEDMA
FOTOS MARIANA GATTO PARA ESTUDIO ACH
Antes de que visitara Argentina en mayo para presentarse en la Feria del Libro, hablamos por correo electrónico. Coordinamos la entrevista y me aclaró que las sesiones fotográficas le parecen pesadillescas. Me dijo: “Cuando alguien te toma una foto por sorpresa, el resultado es idéntico a cuando te hacen posar durante horas. ¡Si por lo menos te garantizaran que te vas a ver como George Clooney…! Te sientes frívolo, quedas agotado y, al final, tienes la misma cara de profesor de literatura”.
Villoro, es cierto, tiene cara de profesor de literatura (en efecto, se ha desempeñado como tal). A primera vista, parece serio, solemne. Sin embargo, las apariencias engañan. Cualquiera que haya leído textos de Villoro sabe que él cultiva un fino sentido del humor administrado en dosis sutiles. No se trata –claro está– de bromas lisas y llanas sino de elegantes chispazos que rayan en lo incómodo, lo dramático o lo cínico. El humor quizá le sirva como defensa y acaso también sea un apoyo para sus reflexiones.
EN LA ZONA
Aprendió a leer y a escribir en alemán antes que en castellano. Su padre, el filósofo Luis Villoro, nació en Barcelona (España) y cursó los primeros estudios en Bélgica. Afincado en México, inscribió a su hijo mayor en el Colegio Alemán. Allí, Juan Villoro tuvo sólo una materia en castellano, Lengua Nacional.
En el magnífico ensayo “Iguanas y dinosaurios”, incluido en el libro Efectos personales, cuenta lo extraño que le resultó estudiar rodeado de alemanes y cómo sus compañeros y profesores se sorprendían al saber que se había pasado el Día de los Muertos comiendo una calavera de azúcar que llevaba inscripto su nombre.
¿Por qué estudiaste en el Colegio Alemán?
El asunto es un poco misterioso. Mi padre es un convencido de la educación europea. Lo lógico hubiera sido que me enviara al Liceo Francés, pero alguien consiguió una plaza en el Colegio Alemán.
¿Otros miembros de tu familia hablaban alemán?
No. Fuera de la escuela, el único contacto que tenía con ese idioma eran películas sobre la Segunda Guerra en las que los nazis gritaban cosas horribles. Años después, me interesé por la literatura alemana.
Muchos especialistas dicen que el bilingüismo ayuda a establecer analogías. ¿El alemán te dio otra percepción de la lengua materna?
El dominio de un idioma extranjero ayuda a pensar en términos de lenguaje, pero, obviamente, eso no te convierte en escritor. De hecho, la mayoría de mis compañeros de escuela son ahora empresarios.
¿Te fue difícil aquella infancia “intercultural”?
Muy difícil. Aunque no padecí los horrores de los niños que crecen en el exilio o durante una guerra o una dictadura, fui un desarraigado. Mis padres se divorciaron. Él es barcelonés y le costaba trabajo adaptarse al país y mi madre viene de Yucatán, otra región separatista. El Colegio Alemán terminó de confundir las cosas. Los estudios me costaban mucho y estaba convencido de que era inferior a los demás. Esa sistemática aniquilación del “yo” encontró luego una compensación en la escritura.
¿Solías leer de niño?
Muy poco. En mi casa, había libros de historia y de filosofía y obras literarias clásicas, pero casi nada para niños. Fui un lector tardío. Mis primeros estímulos fueron programas de televisión como El Superagente 86, Mi marciano favorito, El túnel del tiempo…
¿Cuáles fueron tus primeras lecturas “adultas”?
La primera fue De perfil, una novela del escritor mexicano José Agustín Ramírez Gómez. El texto habla de las vivencias de un adolescente durante las vacaciones previas al bachillerato y la leí justo durante ese período y en un barrio muy parecido al del protagonista. Él se enamoraba de una cantante de rock, cosa que yo estaba muy dispuesto a hacer, y sus padres se divorciaban, como los míos… Hice una lectura en espejo. Por primera vez, me sentí parte de una trama. Hasta entonces, consideraba que un beso era literario si lo daba un griego del siglo VII a.C. Gracias a la lectura de De perfil, mis días sin rumbo pasaron a formar parte de la literatura.
¿Qué lecturas siguieron a ésa?
Leí Rayuela como si fuese un libro de autoayuda. Quería ir a París, enamorarme de la Maga, fumar tabaco oscuro, escuchar jazz… Luego, leí mucho a Borges, Arlt, Bioy Casares, Onetti y Felisberto Hernández. El Río de la Plata me fue ganando. Lo compensé en la otra punta del continente, con Carver, Faulkner, Hemingway, Bellow y Roth. En el medio, siempre estuvieron los rusos. La geografía de la imaginación es caprichosa. De la literatura de mi país me marcaron especialmente Martín Luis Guzmán, Juan Rulfo y Jorge Ibargüengoitia.
Decías que tomaste Rayuela como si fuese un libro de autoayuda. Muchas veces se critica esa lectura de la novela.
Mi experiencia coincide plenamente con algunas críticas que se le hacen a Rayuela. Durante la adolescencia, ese libro me cautivó como “shopping cultural”. Más que el texto, me interesaban los símbolos culturales que brindaba. Hice una lectura muy esnob, que era lo que el libro pedía. Es posible que algunos procedimientos cortazarianos para mezclar lo real y lo fantástico estén muy codificados, pero la soltura de su estilo y su imaginación fueron esenciales en mi aprendizaje. Caería en un nuevo esnobismo si repudiara que quise imaginar que los puentes de México D.F. eran como los de París. Creo que uno de los vicios de la madurez consiste en negar las lecciones impuras que te permitieron ser lo que eres.
Leé la entrevista completa en la edición número 55 de Revista G7.
MUNDO PARALELO, por Joselo, guitarrista de Café Tacvba.
Hace poco, releí el libro de cuentos Tiempo transcurrido y me di cuenta de que Café Tacvba parece salido de esas páginas. Cuatro individuos que han crecido en los suburbios agringados de Ciudad de México y defienden la cultura mexicana con su música parecen personajes creados en la mente de Villoro. Sé que no es así porque estoy escribiendo esto y soy una persona real. Sin embargo, no me disgustaría vivir en el mundo paralelo villoriano y seducir a Nuria (personaje de Llamadas de Ámsterdam) o hacerme amigo de Julio Valdivieso (protagonista de El testigo) para compartir su aversión al grupo Supertramp.

