Tres alegres tigres
Son tres, pero hacen todo juntos. Crean sus obras con materiales super originales que van desde galletitas hasta fiambres, pasando por perlas y caramelos.
El termómetro de su fama internacional explotó cuando los mismísimos reyes de España les encargaron unos retratos, pedido que no se hacía desde la época de Diego Velázquez.
TEXTO MAGELA DEMARCO
FOTOS NORA LEZANO Y SEBASTIAN ARPESELLA
Mondongo como la comida: “intestino y panza de los animales”, según el diccionario. Mondongo, morfi argentino, barato y popular. Mondongo, tan arte como rock, tan pop como vernáculo, tan glamour como kitsch o rococó. Mon-don-go como el guiso: Juliana Laffitte, Agustina Picasso y Manuel Mendanha arman la fórmula que imagina, discute y cocina cada uno de sus trabajos en equipo. “Somos como una familia”, dicen. Desde su taller en Palermo, resaltan que, en una época tan marcada por el individualismo, apostar a la anulación del “yo” en pos del “nosotros” significa sumar. “Vivimos en un mundo cegado por la vanidad y la codicia. Lo que tratamos de hacer es que tres personas totalmente distintas se pongan de acuerdo para generar algo en común”, desliza Manuel.
Después de realizar su sueño de pasar por el programa de Susana Giménez –y de responder preguntas insólitas–, el trío estuvo en “La noche del 10” haciendo un cuadro de Maradona que, al finalizar el ciclo, se remató –junto con otras nueve obras– en el Malba. En total, la subasta recaudó 856 mil pesos que fueron donados a varias instituciones de beneficencia. “El Diego”, de los Mondongo, fue la pieza que mejor cotizó. El Casino Victoria pagó por ella 170 mil pesos, superando la oferta del propio Diez, quien llegó a ofertar 165 mil pedacitos de ego por su propio retrato. A juzgar por los hechos, las acciones Mondongo vienen cotizando alto en el mercado del arte. Y todo indica –por la calidad, originalidad y repercusión de sus creaciones– que se avizora un largo período de popularidad sostenida.
UN GUISO DE CABEZAS Y MANOS
Juliana y Manuel están casados. A Agustina la conocieron en una fiesta y de ahí no se separaron más. ¿Por qué ese nombre para el grupo? “Antes de encontrarnos, uno de los tres ya tenía ganas de hacer ‘arte mondongo’. A los otros dos les gustó el concepto, porque encierra un montón de cosas que tienen que ver con nosotros. El mondongo es una comida popular, y nuestro motor es que el arte que hacemos sea popular. El mondongo es un guiso y nosotros somos un guiso de cabezas y manos”, explica Juliana. Y Agustina agrega: “Es una comida a la que le metés elementos distintos y se genera un nuevo sabor”.
Su primera exposición fue en el año 2000. Bajo el título “La primera cena”, ciento veinte máscaras de personajes famosos, vecinos, amigos y desconocidos colgaban de las paredes del Centro Cultural Recoleta. En 2002, el nombre del grupo volvió a resonar. Sus nuevas obras tenían como blanco de inspiración a los más selectos jurados y figuras del “mundillo” artístico local. Eran diez retratos –de un metro por un metro cuarenta– hechos, cada uno, con diferentes materiales. Aunque los Mondongo son reacios a explicar el significado de sus obras, aclaran que, en las series de retratos, el material utilizado para cada uno “está íntimamente relacionado con la personalidad del retratado”. Así, Jorge Glusberg, el director del Museo Nacional de Bellas Artes, fue concebido con 4233 caramelos Media hora; Federico Klemm, con tachas sobre cuero, y Amalita Lacroze de Fortabat, con 3525 perlas –“perlas truchas del once”, dispara Juliana–; el coleccionista Gustavo Bruzzone, con sacarinas; y el curador Ignacio Gutiérrez Zaldívar, con trozos de comida para perro. Para evitar que se echaran a perder, las obras fueron selladas con resina. En aquella ocasión, el trío logró darle una vuelta de tuerca psicológica a la muestra: provocó que los críticos de arte opinaran sobre ellos mismos o, mejor dicho, sobre sus propios retratos. Algunos halagaron las obras y otros se fueron un tanto fastidiados, según las susceptibilidades personales y los materiales que les tocaron en suerte.
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FLOR DE MONDONGO
Vivir del arte en Argentina es toda una proeza y los Mondongo disfrutan de ese provilegio. “Somos muy agradecidos por eso. Sabemos que en este país es muy difícil poder hacerlo. Además, generamos proyectos que son muy caros”, dice Agustina y agrega que, por suerte, “la gente responde”. No se manejan con sponsors y reinvierten lo que ganan en la compra de materiales para sus futuros proyectos. Por otro lado, confiesan no tener conocimiento de marketing, ni de mercado. “Simplemente, lo que nos pasa, nos pasa por una cuestión azarosa. Son miles los elementos que confluyen en una situación”, contesta Manuel. Y Juliana agrega: “Creo que también tiene que ver con un fuerte deseo de que nuestras obras salgan a la luz. Que se vean, que sea vean, que se vean –repite como una afirmación de libro de autoayuda–. Tiene que ver con una cuestión de energía”, concluye.

