Detrás de cámara
Es la cara oculta detrás de muchos programas de Pol-ka. Aunque atribuye gran parte de su éxito a la casualidad, el olfato narrativo y la pasión por el trabajo lo convirtieron en uno de los directores más destacados de la televisión argentina.
TEXTO HERNÁN SISELES
FOTOS MARIANA GATTO PARA ESTUDIO ACH
A veces, la buena fortuna de un proyecto se paga con la disgregación de los grupos de trabajo que encendieron la mecha cuando aún no había nada. Decenas de emprendimientos exitosos terminan por fagocitar a los estratos inferiores porque sólo los superiores capitalizan los resultados. En ese sentido, el de Pol-ka es un caso aparte.
A 15 años de la aparición de Poliladron, el crecimiento de la productora de Adrián Suar no sólo lo ubicó a él en un lugar de privilegio dentro de la industria sino que también les permitió a muchas personas incursionar en el medio esquivando los malos tragos que, según se rumoreaba, había que pasar sí o sí. De ese modo, mientras una generación de actores dejaba de ser promesa, otra gente –a la que no se le conoce la cara, pero que también protagonizó el cambio– desembarcaba en la TV con códigos de trabajo renovadores.
Daniel Barone se convirtió en director en el seno de la factoría Pol-ka. Estuvo en el momento y en el lugar indicados y fue clave en un proyecto que redefinió la manera de hacer televisión. “Trabajaba en una compañía de seguros y los fines de semana hacía la asistencia de dirección en la película Silvia Prieto, de Martín Rejtman. Después, empecé a ser continuista de Poliladron, empujado por las ganas de Suar. Él ve a millones de personas y dice ‘quiero probar a ese tipo’”, cuenta.
La confianza que depositaron sobre sus hombros puso a Barone –un muchacho de Flores con más necesidad de trabajar que ínfulas artísticas– en un espacio destacado dentro de Pol-ka. A partir de Verdad consecuencia, dirigió muchos de los unitarios más prestigiosos de la pantalla chica. La línea evolutiva que cruza Vulnerables, Culpables, Locas de amor, Mujeres asesinas y el inminente Tratame bien es, junto a las cuatro películas realizadas bajo la estructura de Pol-ka y la segunda temporada de la miniserie Epitafios, la mejor pista para seguir el crecimiento de un director que hizo del trabajo con los actores su sello personal.
Desde las figuras consagradas (Alfredo Alcón, Leonor Manso, Jorge Marrale, Cristina Banegas), pasando por la generación que creció a su lado (Diego Peretti, Soledad Villamil, Julieta Díaz), hasta los nombres nuevos (Martín Piroyansky, María Abadi, Nahuel Pérez Biscayart, Inés Efron), los actores representan para Barone un tesoro del que aprender y nutrirse. “El trabajo de los actores es admirable. Hitchcock decía que son ganado para los directores. Mi experiencia me dice lo contrario. No tiene que ver con tratarlos bien o mal sino con trabajar juntos. La mirada crítica de ellos resulta muy importante”, sostiene.
Acostumbrado a dejar los aspectos técnicos del trabajo de dirección en manos de sus colaboradores de confianza, la obsesión de Barone pasa por contar historias de un modo diferente, se trate de un drama cotidiano, un policial o una vida sencilla de aprendizaje y crecimiento, como la suya.
¿Hubo algo en la infancia que te permitiera vislumbrar tu destino?
Dedicarme a esto nunca estuvo en mis planes ni en los de mis padres. Yo vivía en Flores, un barrio donde cada uno encontraba por su lado el destino. Mis amigos siguieron caminos más convencionales. Hasta los 18 años, ni siquiera me interesaba la literatura. La vida era cuestión de jugar, pasar los días… No tengo la visión romántica de alguien que va al cine desde chico y que descubrió tempranamente que sería director. Yo iba al cine, como todo el mundo, a ver dos películas en continuado.
¿En qué momento fue el punto de inflexión?
A los 18, conocí a un grupo de amigos que estaban interesados en el cine y en la literatura. Así empecé. Con ellos hicimos programas de radio en los ‘80 en distintas FM alternativas y recibimos una mención en una bienal de arte joven. Entonces, me inscribí en la escuela de teatro de Raúl Serrano.
¿Y cuándo te convertiste en director?
Cuando descubrí que era muy malo actuando. De a poco, empecé a dirigir pequeñas puestas de mis compañeros, entre quienes estaba, por citar un caso, Diego Peretti. La balanza se fue inclinando hacia la dirección de actores y la puesta en escena. Arranqué dirigiendo algunas obras de teatro en Argentina y en Chile. Poco después, sentí la necesidad de trabajar con la imagen desde otro espacio.
Leé la entrevista completa en la edición número 60 de Revista G7.

