Tacones lejanos
De manera artesanal, diseña zapatos de alta costura para marcas como María Vázquez o Tramando y desarrolla su propia colección.
TEXTO FLOR CODAGNONE
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ PARA ESTUDIO ACH
Cuando Sylvie habla de su historia y del amor que siente por su oficio, muestra los sentimientos a flor de piel. En su taller, rodeada de hormas, tijeras, cueros, lápices, moldes, tacones y tacos, parece salida de un cuento para niños. Si las hadas madrinas existieran, Sylvie sería una de ellas. La comparación no es delirante: hace zapatos a medida perfectos para las quieran sentirse princesas.
EN MOVIMIENTO
Nació en Kuala Lumpur y vivió en Europa hasta que vino a Argentina de vacaciones, en 1989, y se enamoró del país. Tuvo un pie aquí y otro allá, hasta que se instaló definitivamente en Buenos Aires, donde puso en práctica los estudios de alta costura que había cursado en Francia. “Pasé mi niñez en Asia porque mi padre era diplomático. Desde la adolescencia, me gustan mucho las artes plásticas y el teatro. Estudié alta costura porque en esta disciplina confluyen todos mis intereses. Los desfiles tienen algo teatral que se relaciona con la pintura, con la escultura y con todas las cosas que me interesan desde chica”, cuenta. “A partir del análisis que otros hicieron de mi trabajo, descubrí que mi obra está muy ligada a lo asiático, a sus colores y sus texturas”.
Se formó en un instituto de nombre llamativo: École de la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne (algo así como Escuela de la Cámara Sindical de la Costura Parisina). Allí, a pesar de que los estudios se centraban en la confección de vestidos, Géronimi se volcó al diseño de accesorios. “Me enganché con la sombrerería y me mandé sola. Era autodidacta y algunos profesores me daban una mano. Al poco tiempo, estaba diseñando sombreros, zapatos, carteras y paraguas para Balenciaga”, recuerda.
En Buenos Aires, se especializó en el Instituto San Crispín y aprendió los secretos de la zapatería junto a diversos maestros. De nuestro país le atrajo la posibilidad de abrir un taller chico y trabajar en forma totalmente artesanal. Aquello que en Europa existía a pequeña escala, con costos muy elevados, aquí era un proyecto viable, a pesar de que la industria local no atravesaba su mejor momento. “Si sos diseñador”, dice, “acompañar el proceso de fabricación te enseña mucho y te permite crecer”.
¿Cuál es la forma ideal de producción?
Los diseñadores deberían elaborar sus productos en un tallercito y una fábrica debería producirlos masivamente, pero se trata de algo casi imposible. Para un diseñador de calzado, lo más difícil es tener acceso a la producción. En mi caso, como hago zapatos a medida, lo tengo. Yo vengo de un ambiente ligado al arte y, por eso, siento especial atracción por la cocina del asunto, es lo que siempre me gustó.
LEÉ LA ENTREVISTA COMPLETA EN LA EDICIÓN NÚMERO 38 DE REVISTA G7.
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MODART
En octubre de 1997, Sylvie realizó una muestra en la Galería Art House llamada Calzar el arte. Partiendo de la idea de que el calzado es un objeto artístico y coleccionable, Sylvie Géronimi y la curadora Silvia Ambrosini convocaron a una veintena de artistas plásticos con el objeto de que intervinieran un par de zapatos. Alfredo Prior, Antonio Seguí, Pablo Siquier y Blas Castagna, entre otros, fueron de la partida. “La muestra tuvo mucho éxito porque ligó moda y arte. El proyecto me trae muy buenos recuerdos porque le puse toda mi energía”, evoca.

