En lo alto
Durante la década del ‘90 fue una de las máximas estrellas del vóley argentino. Este año asumió como director técnico de la selección argentina y, bajo su mando, el equipo demostró estar a la altura de los mejores del mundo.
TEXTO IGNACIO FUSCO
FOTOS VERA ROSEMBERG
Después de un 2008 para el olvido, este año la Selección Argentina de Vóley sorprendió a todos. En apenas unos meses, el equipo logró el quinto puesto en la Liga Mundial (el mejor resultado en la historia de este deporte para el país), fue subcampeón sudamericano y se clasificó para el Campeonato Mundial que se realizará en Italia en 2010. Como si eso fuera poco, acaba de confirmarse que la última fase de la Liga Mundial del año próximo se jugará en Argentina. Sin duda, 2009 fue un gran año para el vóley nacional.
Uno de los principales responsables de esta suerte de resurrección es Javier Weber, ex capitán de la Selección y, desde abril, director técnico del equipo. Aunque resulte extraño, también podría señalarse a su singular guía espiritual: Walt Disney. “Después de un torneo importante, lo primero que hago es viajar a Disney para desenchufarme. Me da paz y me ayuda a soñar”, comenta Weber. “Un deportista debe soñar. Todas las noches, por ejemplo, sueño que Argentina va a ganar el Campeonato Mundial de 2010”.
¿Creés que ese sueño puede hacerse realidad?
Todo es posible. Todo. La Selección de Brasil está por encima del resto, pero hay 15 equipos que pueden llegar a la final. Las selecciones de Serbia, Polonia, Cuba, Grecia, Venezuela, Bulgaria, Argentina y otras están en el mismo nivel. Los resultados van a depender de cómo llegue cada equipo al torneo. La clave generalmente está en los detalles. El equipo que mejor interpreta ciertos detalles (el que predice un movimiento defensivo del rival, por ejemplo) gana. Muchas veces los triunfos se logran con herramientas que el público no advierte.
La convicción de que se puede ganar también es importante.
Sí. Sobre todo, en los momentos de mucha adrenalina, como el último partido contra Francia en la Liga Mundial. Estábamos perdiendo y los chicos se podrían haber descontrolado, pero la reacción fue bárbara. Ganamos 3 a 2 y nos clasificamos para la fase final. En el cuarto set, parecía que estábamos perdidos. El equipo tuvo tranquilidad, orgullo, madurez, cabeza. Otros jugadores se hubiesen desesperado y hubieran perdido. Nuestro equipo mantuvo la serenidad porque tenemos un plan. Sabemos adónde vamos.
¿Qué otros partidos fueron importantes para el vóley argentino en 2009?
El primer partido que le ganamos a Francia, también en la Liga Mundial. No teníamos otra opción que ganar y jugamos bárbaro. El primer set de la final del Sudamericano con Brasil también fue muy bueno. Obviamente, las medallas de bronce que ganó Argentina en el Mundial de Juveniles y en el Mundial de Menores fueron importantísimas.
¿Es imposible ganarle a Brasil?
No, ¿cómo va a ser imposible? No estamos lejos de lograrlo. Hay que mantener un buen ritmo todo el partido. Durante la primera hora de la final del Sudamericano, sentí que podíamos ganar. Hay que jugar de la misma manera todo el partido.
Recién hablábamos de la convicción. ¿Vos sabías o presentías que iba a pasar todo esto?
Sabía adónde íbamos. En la Liga Mundial, por ejemplo, jugamos 12 partidos. No es que jugamos dos, la embocamos y nos salió bien. No fue casual que llegáramos al quinto puesto. Desde que la FEVA [Federación del Vóleibol Argentino] se asoció con Marcelo Tinelli, todo cambió. Ahora hay un proyecto, una organización. Por ejemplo, existe un plan de desarrollo para chicos de entre 12 y 15 años. El vóley se ha federalizado y hay polos importantísimos en Formosa y San Juan, entre otros lugares. Lo mejor es que podemos seguir creciendo. Cuando jugamos el Premundial en San Luis, se agotaron las entradas para ver todos nuestros partidos. La gente responde. La comunidad del vóley argentino está más unida y ése es un gran paso. La FEVA ha pasado por muchos momentos difíciles en los últimos años. Hasta hace un tiempo, había dos federaciones para un deporte que en Argentina tiene el tamaño de una moneda de diez centavos. Se hablaba más de los problemas dirigenciales que de la Selección. La gente no se interesaba por este deporte porque era un quilombo. Pese a las diferencias, hoy todos entendimos que el vóley argentino tiene que estar en lo más alto y vamos hacia allá.
De todos modos, Tinelli da su apoyo porque se trata de un negocio rentable para él.
¿Y qué? Está perfecto. Si la gente piensa que esto es un negocio, qué dirá sobre el fútbol. Algunos ven en el vóley un buen negocio, otros dicen que es un lastre… De cualquier manera, esto no es la NBA, ¿no?
En Argentina, el vóley, el hockey y el básquet han crecido mucho en los últimos 20 años e incluso se ganaron importantes premios internacionales casi sin apoyo del Estado. ¿Cómo se explica eso?
Es un tema muy amplio. Puedo decirte que tener a Tinelli de nuestro lado nos da una ventaja. Él siempre apuesta más y no es fácil encontrar a una persona así en Argentina. Tiene los medios, la infraestructura y, sobre todo, la pasión. El mayor logro del vóley argentino está en la unión que consiguió. Para los demás, una gran victoria siempre es menos relevante que un gran quilombo. Sin embargo, deberíamos entender que el fracaso sirve para progresar.
Marcelo Bielsa ha dicho que las convicciones se prueban en las derrotas.
Es así. Del Potro no ganó el Abierto de los Estados Unidos de la mañana a la noche. Debe haber perdido muchos partidos en su carrera, pero esas derrotas no le hicieron olvidar su objetivo: crecer, ser el mejor. Un tropiezo no puede desviarte de tu camino.
Debe ser muy difícil convencer a un dirigente de que hay que pensar a largo plazo.
Por eso es tan importante el trabajo de equipo, aunque parezca una frase hecha. Al argentino le cuesta dejar el ego de lado y sentirse parte de un grupo. Individualmente seremos geniales, pero… Lucho todos los días para que todos nos sintamos parte de un mismo equipo. La capacidad personal se potencia si el grupo funciona bien. Ése es el espíritu que un director técnico debe alimentar. Aunque todavía estemos lejos de lo que soñamos, el vóley argentino avanzó mucho. Yo creía que nunca íbamos a lograr esta unión.
Vos estabas en el equipo que ganó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl. ¿Cambiaron mucho las cosas desde 1988?
Por supuesto. Los sacrificios, en esa época, eran dobles. Ni siquiera se televisaban los partidos, aun cuando ganamos la medalla de bronce. Aquel equipo era mucho más talentoso que éste. Con la estructura actual, la Selección que jugó en Seúl podría haber ganado la medalla de oro. No tengo dudas de eso.
EL GRAN DT
Durante muchos años, Javier Weber fue arquero de River Plate. Sus manos, largas y fuertes, están raspadas; son las manos de un hombre que siempre ha vivido de ellas. “Era un buen arquero”, afirma. “Empecé atajando en los equipos infantiles y llegué a jugar algunos partidos en la reserva de River. Descolgaba muy bien los centros porque ya tenía el timing del vóley. Nunca volaba de más, no atajaba para la foto. A los 17 años dejé el fútbol para dedicarme al vóley por completo”.
¿Con qué jugadores de fútbol reconocidos compartiste la cancha?
Con muchos. Soy categoría ‘66. Jugué con [Gustavo] Zapata, [Néstor] Gorosito, [Claudio] Caniggia… Mi viejo era dirigente de River, así que a los 9 años empecé a jugar al fútbol en el club. Practicaba vóley desde los 7. En ese momento, me gustaba mucho [Ubaldo] Fillol. Era poco salidor, pero debajo del arco no le hacías un gol ni en pedo [se ríe]. Hoy me gusta [Juan Pablo] Carrizo, que ataja en forma similar a Fillol. Uno siente que nunca van a hacerle un gol y eso pesa en la cabeza de los delanteros.
¿Por qué dejaste el fútbol?
Cuando tenía 17 años, me convocaron a la Selección Juvenil de Vóley. En ese momento, no pensé en la guita ni en el futuro de mi carrera. Sentía más pasión por el vóley y punto. Era 1984, las cosas funcionaban distinto. Hoy, un pibe de 17 años que juega al fútbol cobra $ 5 mil pesos por mes y le regalan un auto. En esa época, te daban una toalla para bañarte, nada más.
¿Cuándo surgió tu vocación de director técnico?
Hace mucho tiempo, pero tuve por primera vez oportunidad de dirigir en 2001. Yo jugaba en Unisul, en Brasil, y Renan Dal Zotto, gloria del vóley brasileño y dirigente del club, me ofreció ser entrenador sin dejar de jugar. De todos modos, llegado el momento, no tuve ningún problema en dejar de jugar. Jugué mi último partido en el Mundial de 2002, que terminó un domingo. Al otro día, hice una fiesta para familiares y amigos y el martes viajé a Brasil. Sabía lo que quería. Como director técnico de Unisul, llegué a la final de la Superliga Brasileña en 2002 y salimos campeones al año siguiente.
Marquinhos, jugador de Unisul, dijo que sos el mejor técnico del mundo.
Para merecer ese elogio hay que conseguir un título mundial, ¿no?
Sin embargo, fuiste dos veces campeón en Brasil, una vez en Grecia, otra en Argentina…
Bueno [se ríe]. Sí, me ha ido bien. Siempre sentí que quería hacer esto. Como jugador, le daba mucha importancia a la táctica, me gustaba ser el conductor del grupo.
¿Qué entrenadores te sirvieron de modelo?
Daniel Castellani me enseñó muchas cosas: cómo corregir la posición de los pies en una recepción, cómo dar el último paso en ataque, etcétera. Otro técnico que me influyó fue Young Wan Sohn [director técnico de Argentina en los Juegos Olímpicos de Seúl, en 1988]. Era admirable cómo se manejaba en los momentos decisivos. Por otro lado, jugué diez años en Brasil… La manera en que los brasileños sienten el deporte es única.
¿Por qué?
Antes disfrutaba sólo cuando ganaba. En Brasil aprendí a gozar del deporte. Me cambiaron la cabeza. Para los jugadores brasileños, el vóley es la vida. Tal vez porque la brecha social es enorme allá y muchos jóvenes de pocos recursos ven el deporte como una salida. Dal Zotto decía: “El vóley es el undécimo deporte de Brasil. Los primeros diez son el fútbol”. En Brasil, el vóley es importantísimo.
Además, no se toman las cosas con solemnidad.
Claro. La falta de protocolo deportivo suma. Somos deportistas, no abogados. En la cancha me gusta saltar, gritar. Me molesta usar traje. Cuando llegué a Grecia para dirigir al Panathinaikos me avisaron que el reglamento exigía que usara traje. Le dije al presidente del club que no iba a dirigir vestido de traje y él aceptó mis condiciones. El equipo ganó los primeros dos partidos. Mientras festejábamos el segundo triunfo, el presidente del club me llevó aparte y me dijo: “Está muy bien que usted no quiera usar traje, pero tenga en cuenta que nos cobran una multa de € 3.000 por partido”. Fue comiquísimo. A partir de ese día, por supuesto, empecé a usar traje y corbata. Usaba un traje italiano que era una hermosura. Lo pagó el club, claro.
Tuviste muchas experiencias en el extranjero. ¿Qué diagnóstico hacés del deporte nacional? ¿Qué pensás cuando ves que asume un nuevo Secretario de Deportes…?
¿Secretario? [Interrumpe] ¿Qué secretario? Acá ni siquiera hay una Secretaría de Deportes. ¿Qué análisis se puede hacer? ¿De qué política nacional se puede hablar? En Argentina, el presupuesto nacional para el deporte es menor –escuchá bien– al de la Federación Italiana de Vóley, ¿me explico? Pero, claro, cuando ganamos una medalla salimos a decir: “Agradezco el apoyo…”. ¿Qué apoyo? Acá, el deporte no es considerado como un medio de vida o de recreación.
¿Se puede hacer algo para cambiar eso?
Mejorar, pensar, apostar. Durante el gobierno de Carlos Menem hubo una política deportiva. Se hicieron los Juegos Panamericanos de 1995 en Mar del Plata. Algo es algo. Andá a ver hoy en día cómo están las instalaciones que se usaron en ese momento. Siempre se dice que hay dos millones de cosas más importantes que el deporte, pero no es tan así. El deporte ayudaría a mejorar muchas otras cosas. Mirá lo que sucede en España casi 20 años después de los Juegos Olímpicos de Barcelona ‘92. Los españoles son campeones de la Copa Davis, de la Eurocopa, tienen a Rafael Nadal, un tremendo equipo de básquet, la mejor selección de water polo… ¿Es casualidad? Para nada. Tienen mentalidad, estructura, desarrollo social. No estaría mal que alguna vez aprendamos a usar esas palabritas en Argentina.

