Aires de renovación
Sergio de Loof decidió replicar el éxito que cosechó El Diamante, el restaurante que funcionaba en la esquina de Malabia y El Salvador, en una nueva propuesta. Se mudó a Belgrano e inauguró, en diciembre, Pipí Cucú.
TEXTO VIRGINIA CURET
FOTO MARIANA GATTO PARA ESTUDIO ACH
Luego del éxito que cosechó El Diamante, el restaurante que funcionaba en la esquina de Malabia y El Salvador, el equipo que trabajaba allí se mudó a Belgrano e inauguró, en diciembre, Pipí Cucú. Cambiaron de lugar, de nombre y de carta, pero el espíritu de trabajo es el mismo. “Nos daba terror irnos de Palermo, pero el cambio hizo que nos renováramos”, afirma Sergio de Loof, reconocido artista del underground local, quien se cuenta entre los principales mentores del proyecto.
De Loof desaparece tras la barra y vuelve con un libro que registra la breve historia de Pipí Cucú por medio de fotos y textos que repasan el origen (había sido una carnicería y, luego, una pizzería), la gestación y el estreno del restaurante. Según se advierte en el libro, la decoración del lugar está inspirada en El columpio, un famoso cuadro del francés Jean-Honoré Fragonard. El espacio mezcla el rococó de la pintura de Fragonard con chispazos art decó y elementos latinoamericanos.
El pequeño salón asume con elegancia el contraste de estilos. El piso de mosaicos negros y blancos modela un ambiente que parte de lo clásico y da lugar a detalles ingeniosos. “Mezclamos el humor y la picardía con un toque de elegancia”, dice De Loof como si estuviera dictando una receta. En Pipí Cucú, conviven armónicamente antiguas copas de cristal con vasos modernos y sillas variadas con banquetas provenzales. Las arañas de bronce que cuelgan del techo están adornadas con serpentinas de colores y pétalos de rosas rojas fueron esparcidos por los manteles blancos de las mesas. En las paredes se mezclan imágenes sacras, crucifijos, pequeños cuadros y algunas estrellas de mar. “Para lograr esta mezcla de estilos, cada uno de nosotros donó objetos personales que se sumaron a algunos adornos adquiridos en subastas”, cuenta De Loof.
La carta, ideada por el chef Gabriel Galassi, propone una cocina de autor de corte internacional. Como entrada, son muy buenas opciones el tartare de salmón rosado y mero o la ensalada de mollejas crocantes. Entre los platos principales, hay dos vedettes: la corvina negra (con papas, espárragos y habas y una suave salsa de anchoas, lima y manteca) y el solomillo de cerdo (con ensalada de peras, frambuesas y rúcula fresca). Para acompañar esas maravillas, se recomienda degustar un Cabernet Sauvignon Tahuantinsuyu Siesta 2004.
Si la idea es comer algo ligero, lo ideal son las tapas (para dar en la tecla, basta con pedir los bocadillos de chipirones). Agustín Coconier, el bartender de Pipí Cucú, recomienda probar “el Ideal” (vodka de vainilla, naranjas y limas), “el Genial” (vodka de pomelo, Gancia y arándanos) o “el Diamante” (vodka, Cointreau y limas). A la hora del postre, se impone la tarta tibia de manzanas acarameladas.
Los mozos conocen al dedillo los ingredientes de cada plato y no fallan en los consejos. “Este espacio es, en realidad, la mejor excusa para seguir trabajando y divirtiéndonos juntos”, comenta De Loof. Pipí Cucú permanece abierto durante todo el día y es preciso reservar una mesa porque el restaurante sólo tiene 40 cubiertos.
MAS INFORMACION
Dirección: Ciudad de la Paz 557.
Reservas: 4551-9314.

