Entre Lima y Tokio
Los cuatro socios fundadores de Libélula eligieron un PH cerca del Botánico para fundar el restó. Un lugar ideal para disfrutar su exquisita propuesta gastronómica, que cruza la tradición culinaria japonesa con la impronta de los platos peruanos.
TEXTO VIRGINIA CURET
FOTO MARIANA GATTO PARA ESTUDIO ACH
“Todo partió de una obsesión japonesa. Una vez, fui a una muestra de arte y quedé fascinado con un casco de samurai que tenía una libélula dorada en el frente”, cuenta Luis Muñoz, uno de los cuatro dueños de Libélula. “Yo soy el zángano”, dice Luis. Los otros tres socios son Jorge “Coco” Lozano (chef), Gisela Keningsberg (barwoman) y Yusuke Takashima (sushiman). Ellos tomaron al insecto como insignia de su restaurante.
El escenario elegido para montar el restó fue un PH que, en otros tiempos, había oficiado de marmolería, de farmacia y de salón de fiestas infantiles. No quedan rastros de esos emprendimientos. Algo nos hace pensar que Libélula siempre estuvo ahí. Fabián Pereyra, que tiene una amplia trayectoria en el diseño de interiores, se hizo cargo de la ambientación del lugar; decidió pintar las paredes de un tenue color verde oliva y logró un clima excelente gracias a una iluminación discreta. Las mesas y la barra son de madera oscura y, al fondo del salón, una puertita conduce a un patio decorado con una gran palmera.
En Libélula se combinan joyas de la comida japonesa y de la peruana, urdidas con pequeños retoques argentinos. “Como en Perú cualquier vinculación con Japón es natural, nosotros le dimos un toque propio a ese vínculo”, explica Muñoz. Hoy, el cruce de la tradición culinaria japonesa con la impronta de los platos peruanos se expande por el mundo, se advierte en Argentina y se saborea en Libélula.
En materia de entradas, hay tres estrellas: el solterito arequipeño (una versión peruana de la ensalada de habas), los ebi no somen (langostinos envueltos en fideos de arroz) y el sake no sataki (piezas de salmón selladas con salsa de mostaza y lima). Para el plato principal, hay diversas alternativas: exquisitos ceviches (de pescado, de pulpo o de ostras), tiraditos peruanos y anticuchos de lomo. La opción picante es el ají de gallina, una pechuga grillada que se sirve junto a una salsa de pimiento amarillo. También se puede elegir el sushi, que se cuenta entre los mejores de Buenos Aires. Para el postre, son muy recomendables tanto el suspiro de limeña con merengue italiano como la mousse de chocolate blanco y jazmín. La barra, a cargo de Gisela Keningsberg, ofrece delicias que van del pisco sour de pomelo al green sake.
Muñoz destaca que prefieren tardar un poco más en servir la comida y darle preponderancia a la excelencia gastronómica. “Nuestros platos requieren una preparación lenta”, explica. “La calidad de la cocina es muy alta y somos muy perfeccionistas”.
La noche se divide en dos turnos: uno arranca a las 21; el otro, a las 23. Así, Libélula garantiza un servicio atento y eficaz. “Como dueño, uno se obsesiona con la idea de que la atención que brindamos les permita a los comensales abstraerse y sentirse como si estuviese de viaje con su familia o sus amigos”, concluye Muñoz, con una sonrisa cortés.
MAS INFORMACION
Dirección: Lafinur 3268, Buenos Aires.
Reservas: 4803-6047.

