Nuevos aires
Aficionados a las artes plásticas y a la música, los arquitectos Manuel y Renée encontraron la mejor excusa para no partir de Argentina: abrieron un restaurante.
Se propusieron que funcionara como un espacio para compartir con amigos y, a la vez, con aquellos que acudirían a disfrutar de un sitio original, mezcla de París y Buenos Aires.
TEXTO VIRGINIA CURET
FOTO MARIANA GATTO PARA ESTUDIO ACH
En 2004, Manuel Schmidt-Grynbaum y Renée Noto (marido y mujer) decidieron escapar a la rutina de París y zarparon, junto a Lola, su pequeña hija, en un velero por las aguas del Océano Atlántico. Un año después, llegaron a Buenos Aires, puerto estratégico en un trayecto que incluía varias paradas en Sudamérica. Luego de pasar cuatro meses anclados en Puerto Madero, cuando estaban a punto de concretar su regreso a Francia, se instalaron en la capital argentina, hechizados por la cultura del lugar. Durante un tiempo, los siguieron acunando las olas del Río de la Plata. “Buenos Aires nos cautivó. Salíamos casi todas las noches y siempre había algo nuevo para hacer”, cuenta Renée.
Aficionados a las artes plásticas y a la música, los arquitectos Manuel y Renée encontraron la mejor excusa para no partir: abrieron un restaurante. Se propusieron que funcionara como un espacio para compartir con amigos y, a la vez, con aquellos que acudirían a disfrutar de un sitio original, mezcla de París y Buenos Aires.
A primera vista, la atmósfera de petit hotel resulta algo extravagante. Sobre una barra de goma naranja, inspirada en la ciencia ficción de los ‘60, se sirven perfectas combinaciones de ron, bourbon, pisco, cachaça y tequila. Leo Speroni, el diseñador de los tragos, urde panaceas de efecto inmediato. Este experto proviene de otras grandes barras de la ciudad, como la del Bar Danzón o la de Olsen, y aconseja, entre otros elixires, el “pasionaria” (cachaça con maracuyá) y el “rive gauche” (oporto, pisco y civels).
A medida que uno se adentra en Le Bar, aparecen el living y el comedor, rodeados por un telón de seda y decorados con sillones de pana rosa y sofás de cuerina. Los tonos violáceos y rosados prevalecen y adornan la escena dándole un toque naïf. La iluminación salpica el espacio con precisas gotas de luz, con lo que se logra un ambiente íntimo. Hacia el fondo, una escalera blanca se despliega en un plano continuo que se dirige a la planta superior. Cada pieza de la estructura de Le Bar tiene la intención de rendir un tributo. En este caso, a Anthony Burgess y su legendaria novela La naranja mecánica. La ambientación y la decoración del espacio estuvieron a cargo de los diseñadores Diego Grinbaum y Alejandro Taliano, quienes afirman: “Nos inspiramos en películas y en algunos vinilos. Abrimos la consola en busca de la ecualización perfecta para esta melodía sofisticada”.
En el primer piso hay tres ambientes. Cerca del balcón, la barra de cócteles, que está formada por viejos cajones de Coca-Cola. “Se trata de una idea llamativa en torno al universo de las gaseosas”, define Renée. Por último, la terraza, inmensa, aguarda con ansias el clima apropiado para recibir a sus huéspedes.
El encargado de la cocina es el joven chef Fernando Mayoral, quien posee una nutrida trayectoria en el exterior: ha trabajado en los mejores restaurantes de Brasil, Francia y Estados Unidos. De regreso a Buenos Aires, en 2000, empezó a trabajar en Thymus, donde selló el estilo que hoy identifica a ese lugar. Entre sus sutiles creaciones para Le Bar, se distinguen la ensalada de salmón especiado con hojas verdes, cebollas y hongos portobello, la ensalada de confit de pato, peras y pan de centeno tostado (quizá, la mejor propuesta para un almuerzo elegante) y las mollejas marinadas con especias marroquíes en pan de pita. Las quiches son muy tentadoras: las hay de choclo y de cebolla de verdeo. Para inaugurar una velada, las tibias de ratatouille y queso de cabra fresco constituyen una excelente opción. Por la tarde, se recomienda un croque monsieur acompañado de un expresso y un pequeño pain au chocolat. A la noche, las croquetas de camembert y cilantro y el cuscús de cordero son tan deliciosos que describirlos sería un pecado. A la hora del postre, se destaca la crema de chocolate blanco y pastis con ensalada de frutillas frescas.
Sin lugar a dudas, la esencia de Le Bar reside en la combinación del ambiente con la gastronomía. Hace unos meses, el fotógrafo Raúl Flores expuso unas imágenes que captaban el proceso de remodelación que dio a luz al restaurante. En julio, les tocó el turno a Graciela Arce, Laura Scotti y Paula Pinedo, cuya exhibición fotográfica coqueteaba con la idea de lo público y lo privado. En el corazón de la ciudad, cuando se cierran las oficinas, existe un lugar que combina el arte con la comida.
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COORDENADAS
Dirección: Tucumán 422.
Reservas: 5219-0858.

