La sagrada familia
En 2005, revolucionó la escena del teatro independiente con La omisión de la familia Coleman, su ópera prima, que recientemente volvió a los escenarios porteños. El actor, director, autor y docente también está dirigiendo Agosto, Todos eran mis hijos y Tercer cuerpo.
TEXTO MARU DROZD
FOTOS VICTORIA EGURZA
La pasión con la que Claudio Tolcachir habla de su trabajo transmite ganas de ingresar en su mundo. En estos tiempos, no es común ver a alguien que ame tanto su profesión. Como si su cariño no fuera evidente, él se encarga de manifestarlo. Repite constantemente que le encanta el teatro y que quiere a los actores. “Mis actores”, dice.
Tolcachir vive en una casa chorizo en Boedo. En el mismo lugar se encuentra Timbre 4, la sala donde presenta obras suyas y de otros directores y donde funciona su escuela de teatro. Allí surgieron sus creaciones, que de a poco ganaron el envión necesario para instalarse en boca de todos. Durante mucho tiempo, La omisión de la familia Coleman, su ópera prima, fue una cita obligada para los amantes de las tablas.
Acaba de terminar un ensayo de Todos eran mis hijos, la obra de Arthur Miller que dirige, con actores como Lito Cruz, Ana María Picchio, Vanesa González o Federico D’Elía, y está listo para charlar.
Después de dirigir, en Agosto, a actores como Norma Aleandro o Juan Manuel Tenuta, ¿tuviste miedo de enfrentarte al elenco de Todos eran mis hijos, en el que también hay grandes actores?
[Risas] Siempre tenés miedo. Si no conocés a los actores con los que vas a trabajar o si los admirás desde siempre, sentís algo de timidez; resulta inevitable. Por suerte, ellos estaban bien predispuestos porque les gusta lo que hago. Fue un trabajo muy placentero. Yo también soy actor y sé que el director debe ayudar a los actores a encontrar caminos y recursos nuevos, a evitar los lugares comunes.
Al ser un director joven, ¿surgen problemas de ego cuando trabajás con actores de mucha trayectoria?
Quiero a los actores. Por lo tanto, no puedo tener problemas de ego con ellos. No quiero ser más que el actor y tampoco dirijo de manera autoritaria. Si tomo una decisión, lo hago porque tengo mis razones. Entonces, no se trata de confrontar con el otro, sino de convencerlo y seducirlo. Muchas veces el actor me ayuda a descubrir un personaje. Cuando el director impone una idea sin que los actores estén convencidos, nadie le hace caso después de la tercera función. El teatro es un trabajo conjunto, en el que hay que convivir con los demás. Por eso es importante que las voluntades confluyan en el deseo de armar algo que esté bueno para todos. La obra puede salir mejor o peor, pero es importante que el proceso de trabajo resulte placentero.
¿Qué esperás de Todos eran mis hijos?
Si logramos que el público sienta la vibración que sentimos nosotros al hacerla, ya está. Es una obra maravillosa. Es muy emocionante. Cada pasada nos atraviesa, nos deja con el cuerpo tembloroso. Estamos enamorados del texto y de las situaciones que presenta. Trata del comercio durante la guerra y de la responsabilidad sobre los propios actos. Los personajes están atrapados en una mentira hasta que todo vuela todo por los aires. Todo lo que ocurre es muy profundo y doloroso.
¿Cuál es el desafío del teatro en la actualidad?
Conmover, en cualquier sentido. Lo peor que le puede pasar al teatro es que aburra. Está bueno que una obra te toque el alma o te haga sentir extraño, pero alcanza con que te conmueva. El teatro perdura cuando el encuentro de dos seres vivos sobre el escenario hace que el resto del mundo se desvanezca. Hay que lograr que lo que sucede ahí arriba pase de verdad. Si el actor tiene que esforzarse para creer en lo que hace y el espectador tiene que esforzarse para mantener la atención, no sirve. El teatro es casi como un evento deportivo. El público de un partido de fútbol no sabe qué equipo va a ganar, si algún jugador saldrá lastimado, de repente ve una jugada increíble y al instante el juego se detiene… Hay que generar eso. Una obra debe tener la misma tensión que un buen partido de fútbol, que todo el tiempo esperes que algo suceda. Eso te compromete.
EN NOMBRE DEL JUEGO
La actualidad encuentra a Tolcachir cansado, pero feliz. Dirige Todos eran mis hijos, pieza que presentará en España y en Francia –donde también estrenará La omisión…– dentro de unos meses. Además, después de un año de trabajo, está terminando de construir su nueva sala en lo que alguna vez fue una fábrica de sillas. A la vez, siguen cosechando elogios y aplausos tanto Agosto (en el teatro Lola Membrives) como Tercer Cuerpo (en Timbre 4). Se lo ve feliz, pero rebobinemos.
¿Cómo nació tu interés por el teatro?
De pequeño, era muy tímido. Se me hacía difícil relacionarme con mis compañeros y tenía una gran capacidad para jugar solo. No estaba muy conectado con la realidad, vivía en un mundo de ficción: jugaba solo, inventaba cosas… Lo contradictorio es que ese pibe tan tímido, al mismo tiempo, quería ser actor. Por suerte, mis viejos encontraron un lugar donde pude desplegar esa imaginación, primero en el taller de teatro del Centro Cultural Lavardén y después en la escuela de Alejandra Boero. Enseguida, el teatro se convirtió en una pasión y una diversión enorme para mí. Nunca faltaba a las clases.
¿Qué te atrajo de ese mundo?
El juego de hacer teatro, en general. Es algo que me sigue pareciendo maravilloso. El momento en que los actores nos reunimos es tan primordial como los primeros juegos. Me gusta que sea así.
¿Qué hechos o personas te marcaron cuando empezaste a descubrir el mundo del teatro?
Recuerdo que espiaba los primeros ensayos de las muestras en la escuela de Alejandra Boero y mis primeras trasnoches viendo ensayos en el Galpón Sur, con el olor de ese lugar. Ahí vi que la gente ensayaba hasta las dos o tres de la mañana, que se podía vivir así. Fue fuerte descubrir eso a los 13 años. Cuando escuché la risa del público desde el escenario por primera vez, empecé a inventar e inventar historias [risas]. La risa es como una droga. También fue importante el encuentro con Norma Aleandro. Ser compañero de ella en El juego del bebé, en el Maipo, me cambió la vida. Daniel Veronese fue otra persona que me marcó.
LO PRIMERO ES LA FAMILIA
El reestreno de La omisión de la familia Coleman en Timbre 4 es todo un acontecimiento. La obra ya se presentó seis temporadas en Buenos Aires y tres en Madrid. En total, fueron 704 funciones. Recorrió 18 países, 30 festivales internacionales, se presentó en seis idiomas y recibió 12 premios.
¿Cómo viviste el éxito de La omisión de la familia Coleman en el circuito del teatro independiente?
Cuando la estrenamos, estábamos seguros de que íbamos a hacer 20 funciones y después íbamos a pasar a otra obra [risas]. Sin embargo, la reacción de la gente superó nuestras expectativas. Fue mi primera experiencia como escritor, así que viví todo con mucha inocencia. Es mejor de ese modo porque, cuando uno se carga de expectativas, aparece la vanidad y busca demostrar cosas. Hicimos la obra porque teníamos ganas de hacerla. Quería escribirla y quería trabajar con esos actores, que son como mis hermanos. Por supuesto, fue intenso suscitar tanta atención. A partir de La omisión…, muchísima gente conoció mi trabajo y pudimos viajar. Todavía se habla de la obra. Es hermoso.
¿Significó una bisagra en tu método de trabajo?
La obra nos demostró que el lenguaje en el que creíamos podía funcionar, incluso en el extranjero. Muchos de nosotros, además, pudimos empezar a vivir del teatro independiente. Los chicos dejaron sus trabajos, conocimos Europa… Fue una llave que abrió muchas puertas. De todos modos, no lo tomamos como una revancha del tipo “¿vieron que éramos geniales?”, sino con felicidad. Me generó más presión, pero es algo que uno siente siempre. No conozco otra forma de trabajo que no sea tratar de hacer bien las cosas, pasar un buen momento en los ensayos y buscar lo mejor de la obra, de los actores y de mí. No quiero conquistar el mundo y que todos sepan que soy un gran artista; no creo en eso. Lo que me gusta es encontrarme con la gente y pasarla bien.
El estreno de Agosto siginificó tu ingreso en el teatro comercial. ¿Qué sentiste al ver tu nombre en un cartel gigante en pleno centro porteño?
Casi me descompongo. ¡Me quería morir [risas]! Fue alucinante aunque, en ese caso, sentí una presión muy intensa, sí. Cuando en la sala hay mil personas mirando el escenario, la obra tiene que funcionar. Estábamos muy expuestos, pero tratamos de cuidarnos entre todos y logramos que todo saliera bien. Los ensayos fueron maravillosos. Todavía, después de 200 funciones, el elenco sale a comer, juega, se arman picaditas. Es súper placentero trabajar de ese modo. Sin embargo, no me siento atado a hacer teatro comercial. Trato de hacer cosas que me gusten aunque hay determinadas problemáticas que conviene tratar en un espacio independiente.
¿Cómo fue el proceso de trabajo de Agosto?
Con Norma Aleandro, Mercedes Morán y Andrea Pietra buscamos a los mejores actores para formar el elenco. Al final, reunimos a trece actores alucinantes que venían de lugares muy distintos. Es una obra compleja, con muchos personajes e historias, así que tuvimos que lograr una estética común. Además, había que mantener la atención del público durante tres horas. Está buenísimo que mucha gente disfrute de algo en lo que creés. Siento que estos proyectos me dan la oportunidad de internarme en mundos diferentes y de conocer a autores y artistas con los que puedo aprender mucho. Mientras, por mi lado, sigo escribiendo.
¿Es casual que las obras en las que trabajás giren en torno a familias disfuncionales?
Más allá de la familia, creo que la vida es disfuncional, ¿no? La familia es la primera sociedad: alguien pone reglas, ocupás un espacio determinado… En ese ámbito se define la manera en que uno después se mueve en la vida. Cuando hablás de ciertos comportamientos familiares, hablás de una porción de la sociedad. El comportamiento de los Coleman no es raro. Hacen cosas que veo por todas partes. Somos egoístas, individualistas, estamos idiotizados, hacemos lo que podemos para sobrevivir y negamos la posibilidad de cambiar la realidad. Eso me conmueve, me irrita y me enoja. No lo acepto, pero es así. Tercer cuerpo trata de lo mismo, aunque presenta a uno de esos grupos familiares que uno forma con sus compañeros de trabajo.
¿Y cómo es la familia Tolcachir?
[Risas] Imaginate que es bastante buena porque, si no, no podría escribir, me daría mucho pudor. Somos tres hermanos y cada uno tuvo libertad de elegir lo que quería y seguir su propio camino. Obviamente, estamos atravesados por miles de contradicciones, cargas y culpas. Sin embargo, en La omisión… y en Agosto pasa algo que, por suerte, no siento que se dé en mi familia: ellos tienen muchas dificultades para hablar. Nosotros, en cambio, encontramos en el humor un modo bastante sincero y crudo de comunicarnos.

