Alma de diamante
Al ex Kuryaki poco le importa lo que digan los programas de la farándula. Su mundo es la música, el medio en el que mejor se mueve. Tan es así, que su último trabajo fue una de las más valiosas obras del rock nacional editadas ese año.
TEXTO YUMBER VERA ROJAS
FOTOS NORA LEZANO Y SEBASTIAN ARPESELLA
Escuchar hoy a Gerardo, el ecuatoriano establecido en los Estados Unidos que cantaba rodeado de gringas y latinas el súper hit “Rico suave”, es divertido. Aunque en su momento, tanta maiamería era desagradable. Tras ese éxito, una de las puntas de lanza del entonces incipiente rap en español, Dios llegó a su vida, se convirtió al cristianismo y ahora canta reggaetón. No aguantó la vorágine de la industria. En el culo del mundo, ese mismo año, 1991, Emmanuel Horvilleur posaba junto a su media naranja musical, Dante Spinetta, con unas vacas de fondo en la tapa de su primera aventura sonora. Perdón, la segunda. Ya lo habían hecho en el prehistórico Pechugo que acompañó a Luis Alberto Spinetta en el delirante corte “El mono tremendo”. Si bien ahí el Flaco deliraba sobre vestirse con piel de búfalo asado, tres años después, la consecuencia de esa canción, Illya Kuryaki & The Valderramas, también le ponía lírica al cuero. Bueno, lo de ellos entonces era un chiste con respecto a lo de Gerardo. Pero la gracia no se quedó en morisqueta, sino que se convirtió en una maravillosa ironía, en pleno auge del nuevo rock argentino, con el histórico “Chaco”. Y en esa búsqueda de una identidad transitaron, entre patada y nunchaku y entre funk y gatos de la Casa Jaguar, por momentos de clímax creativos, especialmente fuera del país, porque acá lo que brotaba era el escepticismo.
EL LLANERO SOLITARIO
Emma ahora está solo. El sueño Kuryaki se terminó, así como los viajes al extranjero, las giras, las noches de dos días y las canciones de métrica furiosa. Pero queda la ilusión –no el anhelo sino la puerta entreabierta– de que algo de eso vuelva a pasar. Tiene los pies en el piso, pese a que ahora los pose sobre un escritorio mientras ofrece una entrevista telefónica al interior del país. Y es que no hay marinero al que no se le vaya el timón. Como buen trotamundos, conoció un nuevo hito en su propio terruño, uno abstracto y también cancerígeno: la farándula. “Resistiré” no se quedó en la pantalla: la histeria que generó la serie televisiva apuntó no sólo hacia Celeste Cid, su compañera sentimental, sino que lo salpicó a él. Incluso, la madre de la actriz alguna vez tuvo que interceder ante los periodistas y decir que Emma no estaba preparado para eso, especialmente antes del nacimiento de su hijo André. Para la prensa roja, porque ni siquiera es rosada de lo malvada que puede ser y más si cae en la lengua de Rial, ya no es un músico. Eso es secundario. Para el rey del chimento es lo mismo que Emma toque rock o que se dedique a la balada ridícula de Patricio Giménez.
Y bueno, ya con mucho tiene que lidiar Horvilleur. Por suerte, sus canciones no perdieron gracia ni salud. La testosterona impulsó su debut, “Música y delirio” (2003), hasta la cumbia y la ambigüedad del pop. Fabuloso. Ahora es el rock y el retro el medio expresivo de su música. Se apeó en la mexicanidad que bien conoció en su antigua dupla y apostó por un título rimbombante y cortante para uno de los mejores discos nacionales de 2005, “Rocanrolero”. Así de rudo y fonético. Desde ahora, y hasta que se acabe la nota, ya no se hablará de rock and roll, aunque hasta ahora no se había hablado de rock and roll, ni siquiera de rock. Y es que esto es como Prince o como se le llame ahora al personaje. Es toda una locura prolija de yeites que tienen sí o sí que atravesar el rock. Emma el estético, como solista, pudo funcionar en un espacio raro pero mucho más productivo que el de Dante, y confiesa que se dedicó, así como su hermano Lucas Martí, a explotar lo más sencillo y enrevesado de la música: la canción. Baja los pies de la mesa, cuelga el teléfono, toma el control remoto de la televisión que está frente a él e inicia una catarsis de zapping.
Rocanrolero, así es como los mexicanos llaman a los que tocan rock. ¿Por qué titulaste tu nuevo disco de esa manera?
El rock tiene una gran dosis de fantasía e inmunidad que te permite jugar. Yo me tomo el rock muy en serio, pero también creo que tiene un costado de juego. Me gusta como se escribe y suena la palabra rocanrol. La vez que puse rocanrolero en el Google me apareció Enrique Guzmán. Son esos rocanroleros primales. Me gusta hacerme cargo de esa exploración.
¿“Rocanrol de motos” es una canción alusiva a Pappo?
No me olvido de algo que vi a los 17 años en “Easy Rider” [película dirigida por Dennis Hopper en 1969]: un tipo que salía en moto por las rutas de los Estados Unidos para enfrentarse a una sociedad facha. En esa época la búsqueda de la libertad te llevaba a experimentar con drogas, música y sexo. Toda esa cosa que tienen los rocanroleros de las motos. Yo viví algo muy cercano, que es terminar siendo más violento que la gente a la que uno critica. Mi hermano tuvo un incidente con Pappo que me hizo perderle ese cariño y esa admiración. Y eso no tiene que ver con el rock. Mientras experimentaba esa contradicción, Pappo murió y eso me afectó un montón. Me hizo pensar en él. Esa canción es un homenaje sentido hacia su persona, pero un homenaje que lleva esa contradicción.
Cuando lanzaste tu disco debut, “Música y delirio”, que apareció luego del primer álbum de Dante Spinetta, existía la incertidumbre sobre la veta que explotarías. Tomaste quizá el tajo más funk de los Kuryaki. Ahora te volcaste más hacia el rock y la canción. ¿Qué te arrimó hacia eso?
Si bien “Música y delirio” lo hice de una manera muy solitaria, en “Rocanrolero” los músicos iban cayendo y dejaban su impronta. No es que había conformado una banda para hacer este disco. Cada uno pasaba con su onda y aportaba algo. Cuando armé el grupo que me acompaña, empezamos a tocar esas canciones que se habían hecho de una manera química y apareció ese sonido muy de banda. Eso fue lo que pasó con este álbum. Me animé tal vez a poner la mano de otra manera. Este trabajo tiene mucho de canción simple. Es un disco lúdico que por momentos es infantil o aniñado. Es lo que el rock te transmite cuando sos chico. “No como”, el primer corte de “Rocanrolero”, es un tema ochentoso que tiene un sonido muy Culture Club o Los Abuelos de la Nada o Footloose. Y esa es una influencia que no había dejado entrar demasiado.
¿No te parece que tus canciones pegaron un cable a tierra?
Hay cosas que dejé de lado porque formaron parte de un viaje compartido. Era un cope de Dante y mío. Ahora no absorbo tanto, dejo que el rígido actúe solo y empiece a bajar la data que consumí durante tantos años. Obviamente, siempre estoy escuchando música nueva o discos viejos que no conozco. Trato de hacer bellas canciones y de aflorar una especie de lírica pseudo psicológica. Y digo pseudo porque no sé si pueda hacerme cargo de eso. Me divirtió hacer este disco, me dio vergüenza y risa. Está bueno ponerse nervioso ante lo que hacés.
Tu segundo trabajo aparece justo cuando los grupos top del rock nacional revelan sus pretensiones con la canción…
Me gusta estar en sintonía con eso. Babasónicos, Intoxicados o Arbol hicieron ese trabajo en sus discos y en géneros distintos. Le dieron mucha bola a la armonía, a los acordes y a la manera de acotar e instrumentar. Sus integrantes llevan su mundo a la canción. Creo que las armas que tienen todos esos artistas son las mismas. No estamos hablando de un rock experimental tipo Mars Volta. Este es un disco de canciones como nunca antes había hecho. El no viajar más me llevó a adentrarme en cierto estilo del rock nacional. Este álbum tiene un poco de esa tradición.
¿Sentís que lo tuyo también es rock nacional?
Es que rock nacional también es Kuryaki, aunque en este momento no sea una banda revisitada. No creo que éste sea un disco que vaya en sintonía con la Mega. De hecho, es una radio que escucho y que por momentos pasa canciones muy lindas. Sin embargo, creo que la dirección de Kuryaki era más cosmopolita. En esa época tocábamos más en México que en Buenos Aires. Y eso nos influía mucho. No sé, estábamos de pronto en Colombia, salíamos a la noche y en el boliche pasaban cumbia o íbamos a Venezuela y escuchábamos al Binomio de Oro [grupo esencial del vallenato colombiano]. Esas pequeñas cosas las integrábamos conciente o inconcientemente en el grupo. Creo que mi parte incomprendida es que puedo coparme de lleno con estilos disímiles. En el disco anterior metí cumbias, y muchas veces me pongo a tocar ese tipo de canciones en mi casa. La cumbia es un sonido altamente explotable.
Hablando de bailanta, ¿por qué rodaste el video del tema “Hermano plateado” en el programa de la Tota Santillán?
Antes que contar la historia del “Hermano plateado”, nos pareció mejor tocar en el programa donde surgen los artistas de bailanta. Nos trataron muy bien, nos dieron camarín de lujo y la gente nos aplaudió. Fue una experiencia increíble.
No obstante, el rock mantiene cierta tensión con la tolerancia. Especialmente en ese encuentro con la música popular. ¿Sentiste el repudio de otros por tu aproximación a la cumbia?
Los prejuicios los sufrí desde que saqué mi primer disco. Pero la verdad es que no me interesa, sigo haciendo lo que me da la gana. Tocar cumbia no fue una cuestión esnob de mi parte. La cumbia está ligada al hip hop, a una cosa rítmica o más loca. Hay muchos artistas que me gustan y no sé ni cómo se llaman. De hecho, hago un cover desde hace años y me gustaría saber el nombre del intérprete para incluirlo en la lista de los derechos de autor. La letra dice: “Me fui a pasar la tarde junto con mi negrita / Nos fuimos caminando, rumbo pa’ la lomita / Y con comodidad, nos tiramos al pasto / Y la hierba se movía, se movía, se movía” [se refiere al tema “La hierba se movía”, los intérpretes de esta cumbia son muchos, pero el autor es uno solo: Arturo Ortiz]. Me gustan Los Dinos, la cumbia santafesina, Adrián y los Dados Negros y algunas cosas de Sombras. Hay sonidos que son increíbles, bandas de los ’80 de México que son fabulosas. Hay temas que son grossos y que no hay que dejarlos pasar. Por ejemplo, “Vamos a la playa”. ¿No te parece?
LEE LA ENTREVISTA COMPLETA EN LA EDICIÓN Nº 26 DE REVISTA G7.
MAS INFORMACION
ROCANROLERO, por Gustavo Alvarez Núñez (Analista del rock nacional).
A primera vista, el que salió perdiendo con la separación de los Kuryaki fue Dante Spinetta. No es que Emmanuel haya logrado entrar a las grandes ligas –paso que estaba por dar el dúo antes de dar por terminada su carrera–, pero su música –menos de género y más de crossover– puede rumbear con gracia y sensualidad por distintas frecuencias (rock, funk, soul, pop), y su antena puede captar las frecuencias jazzys de Luis Alberto Spinetta como el hip hop sin límites de The Roots. Por otro lado, Emma adhiere a una estirpe que los años 90 vio surgir y consolidarse: se trata de esa clase de rockero que no le hace asco a la farándula ni a las luces estroboscópicas de las discotecas.

