Arrabalera
Llevando con altura y cariño el legado del Polaco Goyeneche, impuso hace años un estilo que implicó una renovación en el mundo del tango.
En este reportaje, habla de su vida, de su generación y de su visión sobre la política y sobre la música.
TEXTO FLOR CODAGNONE
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ PARA ESTUDIO ACH
En su departamento, mientras Adriana Varela termina de vestirse y maquillarse para la producción de fotos, observo detenidamente un tríptico que cuelga de una de las paredes del living y descubro que me sirve para definirla. En el cuadro, hay una ola a punto de romper, gigante y pequeña, tenaz y frágil, furiosa y suave, como Varela, que es, además, una mujer hermosa, una sensual muñequita de porcelana.
SE DICE DE MÍ
La “Negra” Varela se llama, en realidad, Beatriz Adriana Lichinchi. Nació el 9 de mayo de 1952, se crió en Avellaneda y, a pesar de que su imagen pública está asociada a la madurez, tiene un espíritu eternamente joven. Con apenas unos minutos de charla, me doy cuenta de que conserva mucho de la niña curiosa, aventurera y soñadora que ha sido.
¿Cómo fue tu infancia en Avellaneda?
Alucinante. Mis padres eran modernos y mi casa, muy “cool”. Recuerdo que los tres arquitectos que inventaron la silla BKF [Bonet, Kurchan y Ferrari] le habían pedido a papá que hiciera los números para ver si el proyecto era viable a nivel económico. Entonces, nuestra casa estaba llena de las sillas y las mesas que ahora están de moda. No había nada “barroco”. En ese sentido, mi infancia fue reveladora porque mis viejos eran muy copados. La mía era una familia italiana típica, pero moderna. Me acuerdo de que mi viejo, en vísperas de navidad, preparaba litros y litros de licuado de frutilla… Él tenía una paciencia infinita, mientras que mi vieja era una soberana hinchapelotas.
¿Te gustaba ir al colegio?
Aunque muchas de mis compañeras de curso eran mis amigas, nunca quería ir. Estaba siempre desatenta, volaba.
¿Hacia dónde volabas?
Los hombres, el amor… Era la típica Susanita. A pesar de que no era una gran alumna, las monjas del colegio me querían mucho y siempre me elegían para que fuera la primera actriz en los actos. Ahí, por ejemplo, ponía la energía muy bien, hasta que mi viejo, un día, me advirtió: “Si sos capaz de aprender eso y no demostrás lo mismo en Geografía o Historia, no te vas a dedicar al teatro”. Me cortó el chorro y les pidió a las monjas que no me eligieran más. Estuvo bien.
¿Estás convencida de eso?
Sí, ya está. Hoy ocupo el escenario de otra manera. Ya no tengo disciplina como para ser actriz. Soy muy vaga. Además, hago las cosas por placer, no sólo para ganarme la vida o como profesión. Si pudiera hacer sólo lo que me gusta, sería genial.
¿Qué otras cosas recordás de tu infancia?
Las visitas de los amigos de mis viejos: arquitectos, médicos, ingenieros… Venían, entre otros, Jorge Romero Brest [ex director del Museo Nacional de Bellas Artes y del Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella] y Monseñor Podestá [un cura que dejó los hábitos para casarse y creó el Movimiento para Sacerdotes Casados]. Además, mi abuelo y mi vieja tenían mucha consciencia de clase. Él era veterinario en el frigorífico La Negra y ella trabajaba en la villa como docente. Por eso, mi hermano y yo, aunque éramos niños casi ricos, estábamos al tanto de lo que pasaba y nos angustiaba mucho lo que descubríamos.
Claro, pasaste tu juventud en plena dictadura. ¿Cómo viviste eso?
Muy mal. Todos los que sobrevivimos a esa época estamos vivos de pedo. Éramos sospechosos y subversivos por el mero hecho de ser jóvenes. Mi hermano militaba y yo participaba en manifestaciones y reuniones. Mamá y papá sufrían porque no sabían si íbamos a volver a casa. Además, algunos amigos míos desaparecían… Siempre estuve más cerca de los desaparecidos que de los “no desaparecidos”.
¿Cuál es tu relación actual con la política?
Lo que voy a decir es un lugar común, pero creo que todos tenemos una postura política, aunque sea inconsciente. Yo no dejo de ver programas sobre política ni de pensar en términos políticos. Me gusta mucho. Más allá de los gobernantes, siento que éste es un momento muy rico para todos los países de Latinoamérica. Actualmente, los pueblos ensordecidos y devastados tienen la oportunidad de tomar consciencia y buscar su identidad, algo que a los argentinos nos cuesta mucho. Puede darse un giro muy fuerte. Buena parte de los que hoy gobiernan en Latinoamérica tienen cojones; no pueden hacer magia, pero su intención es distribuir la riqueza y que se dé vuelta la torta, como decíamos antes. Es tiempo de que nos comprometamos. Yo lo sigo haciendo, pero eso no es un mérito, es algo natural tanto para mi familia como para mí.
Aunque la apertura de los pueblos es mayor, sigue habiendo hechos de lo más peligrosos. ¿Qué pensás, por ejemplo, del caso Julio López?
La gente se queda tranquila porque es muy difícil comprometerse con una desaparición si estamos en democracia. No les cae la ficha de que esto es un déjà vu. Los que se hacen los “sotas” se olvidan del genocidio. Las personas que se instalaron durante la dictadura todavía están; no tienen poder, pero hacen cosas como “chupar” a Julio López. Son señales que nos dicen “podés ser el próximo”. Ahora, no tenemos que arrugar. Lo que pienso puede sonar kamikaze, pero creo que no hay otra salida.
LEE LA ENTREVISTA COMPLETA EN LA EDICIÓN Nº 36 DE REVISTA G7.
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TAPADO DE PIEL
Por Fernando Peña.
Siempre admiré a Adriana Varela. Cuando la veo en vivo, es pura pasión, me emociona muchísimo. Entendí muchas letras de tango gracias a su forma de cantar, gracias a su fraseo. Hace un par de años, la invité al programa que tenía en Radio del Plata. Ese día, yo tenía puesto un tapado de piel, símil cebra, que la volvió loca. Una semana después, ella tocaba en La Trastienda y decidí llevárselo de regalo. Pensaba dárselo en el camarín, pero había cantado tan bien que me paré a aplaudirla y le tiré el tapado al escenario. Al principio, se pegó un cagazo enorme. Cuando descubrió qué era, quedó encantada.

