Ay, soledad
A los 35 años, la cantante uruguaya, dueña de una voz prodigiosa, editó hace unos meses su primer disco solista respaldada por una serie de colaboraciones con músicos uruguayos de primera línea.
TEXTO SALVADOR BIEDMA
FOTO JULIA GUTIÉRREZ PARA ESTUDIO ACH
La palabra “soy” implica una forma de presentarse en sociedad, de afirmarse y, en un punto, de ganar un espacio. El primer disco solista de Ana Prada –editado en 2006 por Acqua Records– se titula Soy sola y entraña el comienzo de un diálogo. La cantante define el álbum como “una búsqueda en solitario de emociones que estaban esperando convertirse en canciones”.
Prada aprovechó que el exquisito cuarteto vocal La Otra, del que forma parte, se había tomado un descanso para grabar su ópera prima, que cuenta con la participación de músicos de primera línea (entre otros, Luciano Supervielle y los hermanos Nicolás y Martín Ibarburu). Llegó a su álbum solista respaldada por el hecho de haber puesto su encantadora voz al servicio de músicos como Jorge y Daniel Drexler –sus primos–, Rubén Rada o Fernando Cabrera. “Todo lo que hagas en relación con la música”, considera, “aporta para tu formación y tu crecimiento. Siempre da más miedo ponerse al frente de un proyecto personal (especialmente, si se trata de mostrar parte de tu vida). Cuando integrás un grupo, todo se comparte y una está más amparada”.
ENTRE EL CAMPO Y LA CIUDAD
Nacida en Paysandú, Ana Prada se radicó en Montevideo a los 20 años para estudiar psicología. Soy sola tiene un aire campero, que es inevitable relacionar con la zona en que nació. Sobre ritmos cercanos a la zamba, la milonga, la chacarera, el chamamé y el vals, la voz de la cantante se erige purísima y, de alguna manera, es como si la base rítmica y armónica hurgase en una zona y la voz volara hacia otro terreno, lo que genera una conexión de lo más interesante entre los elementos. “Cuando me di cuenta de que la veta campera afloraba”, afirma, “decidí transitar por esos paisajes sonoros, pero no tenía esa intención en un principio”.
Aunque dice que componer es un hábito nuevo en ella, compuso los temas del disco en menos de cuatro meses. “Para hacerlo”, cuenta, “tuve un gran compañero de ruta, Carlos Casacuberta, el productor artístico del disco. Le llevaba un tema por semana, casi en pañales, y él lo vestía. Fue un proceso muy lindo, que disfruté mucho”.
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EL OTRO CAMINO
Aunque sus canciones tienen una clara vena melancólica, vinculada a su niñez y a la soledad, Prada bromea todo el tiempo, como si no pudiera evitarlo. Es llamativo que no abreve en la poderosa fuente del humor para componer. Sonríe cuando se lo comento. “Me encantaría hacer canciones graciosas”, sostiene, “pero, por ahora, no me han salido. No sé por qué me resulta más fácil escribir desde la tristeza; tal vez sea una forma de sacármela de encima”.
A partir de la tristeza, las letras de Soy sola marcan un camino que, casi paradójicamente, finaliza en el tema “Yo no tengo soledad”, con música de la uruguaya Samantha Navarro y letra de la chilena Gabriela Mistral. “Con ‘Amargo de caña’, el primer tema, el disco, yo o ambos entramos en un proceso que transita por diferentes estados y etapas de crecimiento. A veces, se acerca al amor y la plenitud; a veces, a la nostalgia y la tristeza, pero la soledad, o la falta de ella, nunca deja de estar presente”, dice Prada, y vuelve a sonreír.

