Música para camaleones
Compone, arregla y dirige música para musicales. Integra con Pepito Cibrián una dupla casi mítica, que ha creado espectáculos con sello propio como Drácula o Las mil y una noches. Además, escribe piezas sinfónicas y se reconoce un fanático de Mozart, Haydn y Beethoven.
TEXTO FLOR CODAGNONE
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ
“La música es una enfermedad”, dice Ángel Mahler. Resulta difícil no creerle. Invierte la mayoría del tiempo en su estudio, entre instrumentos, paredes llenas de afiches que anuncian musicales y fotos en las que se lo ve tocando el piano o dirigiendo una orquesta. En este lugar (pleno barrio de Congreso), todo remite a la música, incluido el mismísimo Mahler. De hecho, ni siquiera se ve un póster o un banderín de Racing, el equipo de sus amores.
DÚO DINÁMICO
Ángel Mahler y Pepito Cibrián integran la dupla argentina más destacada en cunato a realización de musicales. Se conocieron en 1982, cuando Cibrián buscaba un arreglador para uno de sus espectáculos. La historia parece sencilla: Mahler asistió a un ensayo y se sintió tan cautivado que decidió dedicar su vida a los musicales; desde entonces, la dupla no ha dejado de sorprender.
Mahler sostiene que el encuentro con su compañero no fue casual. Comparte con él el gusto por la historia y ambos suelen usar imágenes para pensar, para representar las cosas en sus mentes, algo que se asocia con una puesta en escena. “Tenemos la cabeza llena de imágenes”, sostiene Mahler. Eso, evidentemente, no alcanza para explicar el sello que Cibrián y él imprimen en sus obras. Parece imposible aclarar cómo han llegado a hacer musicales que se diferencian, según Mahler, de los que se ven en otras partes del mundo. “No digo que sean mejores ni peores”, apunta, “pero nuestros espectáculos representan los sentimientos de Pepito y míos”.
Entre las obras más importantes de Mahler y Cibrián se cuentan El jorobado de París, El fantasma de Canterville, Las mil y una noches y Drácula, un musical que marcó un hito. Drácula fue un éxito masivo con más de 10 temporadas en escena, giras nacionales e internacionales y 3 millones de espectadores. “A veces, pienso que podría dar más de mí, pero, cuando miro todo lo que hice, me doy cuenta de que estoy yendo por el camino correcto y eso me gratifica”, comenta Mahler.
¿Creés que al musical argentino le faltan referentes?
Sí. Cuando Pepe y yo empezamos a hacer musicales, no había referentes del género en Argentina, no teníamos de dónde agarrarnos, no sabíamos qué ver ni qué escuchar.
¿Y dónde buscaron?
Vimos, entre otras cosas, La novicia rebelde, Hello, Dolly! y El violinista en el tejado. Nos gustaban Richard Rodgers, Oscar Hammerstein, Marvin Hamlisch y Alan Jay Lerner. Con Jesus Christ Superstar, Cats y Evita, Andrew Lloyd Webber le dio un empujón muy grande al género. Tal vez el día de mañana nos citen como referencia a Pepito y a mí. Nosotros empezamos un camino que está siguiendo, por ejemplo, mi hijo. Espero que las nuevas generaciones tengan éxito.
¿Cómo ves hoy la escena del musical en el país?
En la actualidad, la cuestión comercial pasa por un lado y la artística pasa por otro. Es infrecuente que esas dos partes se ensamblen. Si bien el musical tiene un potencial enorme en Argentina, casi todas las producciones locales se basan en obras estadounidenses que obtuvieron grandes réditos económicos. Todo se copia de afuera. Entonces, carece de valor artístico. La verdad es que, si Pepe y yo no estuviéramos, no habría muchos musicales argentinos.
¿Por qué?
Porque, aunque Pepe y yo demostramos que podemos generar rentabilidad, a los productores les cuesta confiar en nosotros. En 1991, Tito Lectoure confió y puso un millón de dólares para producir Drácula. Desde entonces, hacemos musicales que son rentables y vivimos de esto. Me da lástima que no se apueste por los equipos locales. Aquí, lo único que importa es cuánto facturás. Esa preocupación es respetable, pero no va conmigo. Drácula se convirtió en un suceso y se metió en el corazón de los argentinos. Sin embargo, fue la excepción a la regla. Hoy nos va bien, pero ningún musical nuestro tuvo el alcance de Drácula.
Leé la entrevista completa en la edición 52 de Revista G7.
DETRÁS DEL NOMBRE
Ángel Mahler se llama, en realidad, Ángel Petitt. En la adolescencia, decidió tomar el apellido del célebre músico Gustav Mahler. “A los 19 años, me fui a hacer socio de Sadaic y pensé que era bueno tener un seudónimo, un nombre artístico”, cuenta. “Un día, me levanté con el nombre Ángel Mahler en la cabeza. En realidad, no tenía consciencia de lo que Mahler había significado en la música porque, para entender su legado, hay que recorrer un largo camino”.

