Espíritu adolescente
En enero, el grupo que lideran los hermanos Aldana cumplió 20 años de vida. En ese tiempo, la banda ha editado diez álbumes y se ha convertido en abanderada de la autogestión con un sello propio y participación activa en la UMI.
TEXTO JUAN MARÍA FERNÁNDEZ
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ
A principios de los ‘90, algo cambió en el mapa del rock argentino. La irrupción de varias bandas llevó una bocanada de aire fresco a la escena, que parecía algo estática. Grupos como Martes Menta, Babasónicos, Los Brujos o Peligrosos Gorriones abrieron camino con proyectos originales y eclécticos. En ese contexto, El Otro Yo supo destacarse: se animó a reinterpretar con desenvoltura y distorsión la furia de Nirvana, las melodías de los Pixies y la apuesta de Sonic Youth. Un proyecto de ese tipo nunca se había visto en nuestro país.
En enero, El Otro Yo cumplió 20 años. Cristian Aldana (guitarra y voz), María Fernanda Aldana (bajo y voz), Raimundo “Ray” Fajardo (batería) y Gabriel Guerrisi (guitarra), recientemente incorporado a la banda, aprovechan cada oportunidad que se les presenta para subir a un escenario y descargar sus enérgicas canciones. La banda ha editado once discos –incluyendo un álbum triple, Esencia–.
“Éste es un año de festejos: presentamos Fuera del tiempo, nuestro último disco, en todo el país, y lanzamos una línea de zapatillas junto a la marca Blackfin. Además, estamos festejando nuestros primeros 20 años de vida”, afirma Cristian. Agrega: “En realidad, la banda existe desde 1987, pero el nacimiento oficial se dio en enero del año siguiente, cuando grabamos nuestro primer demo”.
¿Cómo sonaba aquella grabación?
Era una porquería. Parecíamos un grupo dark o after-punk influido por bandas como The Cure, Joy Division o Bauhaus. Nuestra música sonaba súper loca porque en Argentina, en esa época, esos géneros no eran muy conocidos. La gente que trabajaba en los estudios de grabación de bajo costo (los únicos a los que podíamos acceder) estaba acostumbrada a trabajar con artistas de folclore o tango y no sabían cómo mezclar una guitarra distorsionada. Por eso, grabar un demo en aquella época era tirar la plata porque nunca íbamos a lograr un producto digno. Escuchábamos nuestras grabaciones y las queríamos destruir… Eran horribles. Finalmente, decidimos grabar lo que hacíamos por nuestra cuenta y empezamos a quedar más conformes con los resultados.
¿Tienen un condimento extra los discos grabados en forma casera?
Tienen una magia especial porque surgen desde un lugar diferente. El factor casero les imprime a las canciones un aire peculiar. Muchas bandas tienen discos buenísimos grabados así. Aunque la onda lo-fi se puso de moda en los ‘90 gracias a artistas como Beck o Pavement, nosotros entramos en esa movida simplemente porque no teníamos la posibilidad de acceder a estudios profesionales.
Grabaron Mundo, su tercer disco, en un viejo Dodge Polara. ¿Cómo fue esa experiencia?
En realidad, el auto hizo las veces de sala de control. Usábamos un cuarto de mi casa como sala de ensayo y allí grabamos Mundo. Fuera de la casa, al lado de esa habitación, había un Dodge Polara con el chasis roto. Nos pareció divertido transformarlo en una pecera de grabación. Sacamos los asientos delanteros e instalamos una mesa con un grabador de cuatro canales y una consola. Tocábamos en la sala y registrábamos todo desde el auto. Aprovechamos la falta de recursos para crear algo nuevo. Mundo es un disco muy especial para nosotros. En esa época, Ray trabajaba como cadete y sólo podía reunirse con nosotros cuando salía del laburo.
¿Cuándo sentiste que la música era lo tuyo?
Fue algo paulatino, pero el quiebre se dio cuando empecé a escuchar punk rock. Esa música me ayudaba a expresarme y a liberar un montón de sensaciones infernales que tenía dentro. Me acerqué a la música porque, de algún modo, era un espacio en el que podía descargarme. Cuando empezamos a tocar con El Otro Yo, todo era muy inocente; no pensábamos en la posibilidad de ganar plata, por ejemplo. Avanzamos de a poco hasta que todo empezó a fluir y logramos cosas que jamás habíamos soñado.
¿Extrañás los primeros años de El Otro Yo?
Los recuerdo como muy buenos momentos, pero me quedo con el presente. Lo mejor que nos puede pasar es tocar en vivo y salir de gira. Nuestra idea siempre ha sido crecer espiritualmente con cada álbum. No resulta casual que nuestro último disco se llame Fuera del tiempo: nuestro objetivo es vivir fuera del tiempo; para mí, significa disfrutar cada momento como si fuera el último.
Leé la entrevista completa en la edición número 56 de G7.

