Pulso vital
Tiene su proyecto solista, está al frente de La Bomba de Tiempo e integra el grupo Puente Celeste. Interesado por instrumentos y músicas originarios de Oriente, improvisa, interpreta e inventa “marcos de trabajo”.
TEXTO FLOR CODAGNONE
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ PARA ESTUDIO ACH
Cuando era chico, Santiago Vázquez se adueñaba de la cocina de su casa. Buscaba cacerolas, platos, palitos chinos, cucharas… Con los utensilios que estuvieran a su alcance, armaba su batería. Después, tocaba absolutamente convencido. Pasaron muchos años, pero Vázquez aún toma la música del mismo modo. Lo apasiona desarmar tramas, jugar y descubrir mecanismos y destellos de otras culturas.
Aunque fue baterista durante muchos años, dejó hace algún tiempo la batería para dedicarse sólo a la percusión. Toca el berimbao, la mbira, el tabla, los bendires marroquíes y el doudouk, entre otros instrumentos. Participó en proyectos de músicos como Dino Saluzzi, Pedro Aznar, Juan Carlos “Mono” Fontana o Roberto Goyeneche. Integra el grupo Puente Celeste, del que es fundador. Como solista, editó Raamón en 2004 y Mbira y pampa en 2005. El último disco es el fruto de 6 años de investigación con la mbira, un instrumento originario de Zimbabwe.
Musicalmente, ¿un baterista está más limitado que un percusionista?
La batería, en realidad, contiene un montón de instrumentos de percusión. Si un músico quiere ser baterista, debe seguir determinados pasos, debe pasar por determinada escuela. Sucede que, si bien la escuela es interesante y muy útil para aprender técnicas, en algún momento uno tiene que desprenderse de ella y quedar “puro” con el sonido y con lo que está escuchando. Hay bateristas que lo hacen y hay otros que se quedan en patrones rítmicos, pero lo mismo ocurre con la percusión.
Como percusionista, tocás instrumentos que no son muy conocidos acá. ¿Cómo te acercás a esos instrumentos?
Un instrumento puede atraerme por su sonido, por la forma en que se toca o por la cultura que tiene detrás. En cualquier caso, lo empiezo a estudiar y me entreno para llevarlo hacia donde imagino. A veces, los instrumentos me cautivan a tal punto que quiero estudiarlos en su propia tradición. Eso me pasó con la mbira y con el berimbao, por ejemplo.
¿Y qué hacés en casos así?
Si puedo, viajo; si no, rescato cosas de donde pueda. Ojalá pudiera viajar más seguido… A la mbira la conocí a través de un libro. Después, alguien viajó y me consiguió el instrumento y, además, unos casetes. Con eso, empecé a sacar de oído algunos temas. Nunca tuve oportunidad de viajar a Zimbabwe (la mbira es originaria de allá), pero estuve 10 días en Estados Unidos con un mbirista muy importante.
¿Por qué te atrae lo oriental?
Creo que tiene que ver con mi infancia. Me sentaba en el piso a tocar distintos cacharros, cantaba y a veces grababa lo que hacía. Años más tarde, escuché esas grabaciones y me di cuenta de que no se parecían a nada de lo que conocía. Guardé ese material hasta que un día escuché a Oum Kalthoum, una cantante conocidísima en el mundo árabe. Cuando descubrí su música, entendí que lo que cantaba de chico se parecía a eso y que me siento próximo a músicas que supuestamente son lejanas.
A partir de eso, mostraste tus grabaciones.
Eso me hizo pensar que mis grabaciones “privadas” podían ser consideradas canciones en otros lugares del mundo, que no debía tocar rock o jazz para hacer música. Fue un momento de apertura; entendí que hay muchos más géneros musicales de los que uno llega a conocer en su vida y que cada cultura musical prioriza distintos elementos. Comprendí que uno debe valorar su música sin importar que pertenezca a algún estilo o que les guste a los demás. Al final, eso no importa.
¿No te importa si al otro no le gusta?
Me importa, sí. Me refiero a que hay muchísimos personajes involucrados en el proceso de creación musical, pero, en definitiva, el compositor es quien se convierte en una antena de algo muy delicado y sutil.
Leé la entrevista completa en la edición N° 44 de Revista G7.

