La libertad
Pasa revista a la farándula desde la radio y la TV y, cuando se presenta la ocasión, despunta el vicio del teatro, que cultiva desde la época del Parakultural.
Fiel a su agudeza y a su desparpajo, aquí repasa su carrera y deja en claro que la libertad es su motor creativo.
TEXTO FLOR CODAGNONE
FOTOS ANDY CHERNIAVSKY
Es una pena que en la cinta del grabador no queden registradas todas las muecas que hace Tortonese al hablar. Agranda los ojos, mueve las manos, se acomoda el pelo y se ríe tanto que sería imposible describir con palabras semejante espectáculo. No bien empieza la charla, advierto que no existe distancia entre el que contesta las preguntas y el que aparece todas las noches en la pantalla de la TV. Frente al grabador, ensaya los mismos gestos, suelta las mismas sonrisas y me regala el genial desparpajo que siempre ha marcado su discurso.
TEATRO
Tenía solamente 8 años cuando murió su madre. Sin embargo, evoca su infancia y en sus palabras no se advierte un halo de melancolía. Recuerda, divertido, esa etapa en la que comenzó con sus búsquedas y alimentó su imaginación; habla de su padre, un odontólogo que, tras la muerte de su esposa, se hizo cargo de los tres hijos.
Después de un breve y frustrado intento con la pintura, Tortonese descubrió que lo suyo era el teatro. Estudió con Augusto Fernandes y con Lito Cruz y volcó esa experiencia en el Parakultural, uno de los pulmones creativos del under porteño en los ‘80. Allí, deslumbró el trío que integraba con Batato Barea y Alejandro Urdapilleta, pero Tortonese siempre se puso a prueba y fue por más. Incursionó en obras clásicas (En familia y Don Juan) y comerciales (Alarma y La tiendita del horror). En 2006, puso en escena La voz humana, una pieza de un acto en la que el francés Jean Cocteau explora el desamor.
¿Descubriste tu vocación cuando eras chico?
Es imposible que descubras tu vocación durante la infancia. En esa etapa, lo que sucede con la vida es mucho más fuerte que cualquier búsqueda que hagas. Creo que la vocación aparece de manera paulatina. Mi infancia fue muy linda. Nunca me pregunté cuál sería mi profesión cuando fuera grande. De hecho, no tenía idea.
¿Y cuándo lo supiste?
Me pregunté qué quería hacer cuando era adolescente. Aunque las respuestas se vinculaban a lo artístico, en algún momento pensé en ser profesor de Educación Física.
¿En serio?
Sí. Me tentaba más el deporte que la idea de estar en una oficina, detrás de un escritorio. Aunque el deporte no estuvo muy presente en mi vida, ahora estoy haciendo natación. Me gusta estar en el agua y nadar, pero me da fiaca ir a la pileta. Por eso, busqué una que estuviera cerca de casa.
¿La pasaste bien en el colegio?
Fui al Adolfo Alsina y al Pueyrredón y mi paso por allí no fue nada traumático (de hecho, no tengo malos recuerdos). Nunca fui un alumno excepcional; iba al colegio porque tenía que ir. Esa etapa en la que te obligan a ir a la escuela es bárbara porque, si pudieras elegir, quizá no irías. Recuerdo que, antes de entrar en la secundaria –donde uno ya puede decidir algunas cosas–, mis amigos y yo nos preguntábamos a qué colegio iríamos. Se contemplaba la posibilidad del Nacional Buenos Aires, pero yo sabía que iba a durar poco ahí porque, entre otras cosas, imponían el uso de un uniforme. En el Pueyrredón, no había que usar uniforme; se trataba de una suerte de “colegio social” al que asistían todo tipo de alumnos: el repetidor, el pobre, el chico bien… Eso fue muy bueno porque me enseñó que en la vida hay de todo.
¿En qué momento empezaste a estudiar pintura?
Un día, a la salida del colegio, vi que una mujer daba clases y me anoté. A pesar de que mi familia estaba contenta con la idea de que estudiase pintura, un año después me inscribí en un taller de teatro. Experimentar está buenísimo y uno se puede sentir muy cómodo, pero, si no tiene talento, es aconsejable que se busque otra cosa. Si un melómano es un perro tocando la guitarra, lo mejor es que no haga sufrir a los demás.
¿Seguiste pintando?
No. Enseguida supe que la pintura no era lo mío, que mi faceta artística iba por otro lado. La actuación me hizo sentir que había algo más: debía poner el cuerpo y meterme en las emociones. Cuando era chico, mi cabeza se disparaba para cualquier lado. Tenía, en sueños, una vida paralela que se salía de lo convencional.
¿Qué te llevó a probar con el teatro?
El hecho de que hubiera una estructura. Estudiar con Lito Cruz o con Augusto Fernandes –mis dos maestros– hizo que me tomara los cursos con profesionalidad. No cualquiera puede dar clases de teatro ni posee el talento para enseñar. Es importante tener una estructura, un buen guía, un maestro.
¿Y cualquier persona puede tomar clases?
Hay gente que aprovecha las clases de teatro para vencer la timidez o para expresarse, como si fuese una especie de psicoanálisis. Esas personas no toman al teatro como una profesión. Las clases no son joda y van más allá de los ejercicios de actuación; hay que leer libros, analizar textos, ver de qué manera se puede encarar una obra… Aunque no tenga un título profesional, en los talleres de teatro aprendí muchísimo. Las clases me dieron una experiencia que después enriquecí en el Parakultural. La movida del under fue muy fuerte y me dejó una marca.
¿Hasta qué punto sirven, entonces, las clases de teatro?
Sirven hasta determinado momento, como pasa con todo. Después, uno debe formarse a su manera. El aprendizaje en una carrera universitaria, por ejemplo, tiene un límite: si repetís una materia una y otra vez, algo no está funcionando. Con la actuación, pasa lo mismo. De nada sirve que estés 20 años en una clase de teatro. Yo tuve la suerte de trasladar al Parakultural todo lo que había aprendido en los talleres. Me tomaba unas copas y me subía al escenario con una libertad enorme. Fue bárbaro encarar mi profesión desde ese lugar.
¿En esa época ya usabas el pelo largo?
Sí. La última vez que lo tuve cortito fue en el ‘88, con lo cual lo tengo así desde hace casi 20 años. En la época del Parakultural, usaba un corte carré que me venía perfecto para interpretar a Alfonsina Storni (el pelo me hacía ver como una dama de los años ‘20). Tener el pelo largo fue ideal para encarnar roles femeninos.
¿Por qué te gustan tanto esos papeles?
En el Parakultural, no representaba a personajes femeninos sino que elegía un poema escrito por una poeta y lo recitaba. Agarraba un vestido cualquiera y a la gente le gustaba. Me ponía cualquier cosa, pero no me travestía. Ni siquiera me maquillaba. Interpretar a un hombre es aburrido, no tiene tanta riqueza. A la mujer, en cambio, se la puede iluminar sólo con un par de aros. Algunos dirán “eso es de loca”, pero tenés que animarte.
Quizá es más arriesgado.
El Parakultural era un lugar de provocación y eso estaba bueno. De repente, nos poníamos una tanga, unas medias de red y salíamos a la calle. Los policías nos miraban… Con respecto a eso, Batato [Barea] era genial porque siempre iba más allá. Él se divertía provocando desde un costado payasesco.
Podés leer la entrevista completa en la edición N° 44 de Revista G7.
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UN QUINTETO DE ORO
Por Carlos Belloso.
En la época del Parakultural, Tortonese, Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Damián Dreizik y yo planeamos una obra que nunca llegamos a poner en escena. Tortonese, Batato y Urdapilleta iban a interpretar a las Trillizas de Oro; Dreizik y yo, a sus maridos. Como nos faltaba un esposo, yo iba a actuar con un feto muerto en la garganta. La idea era representar una comida y quemar una foto de Julio Iglesias en medio de un ritual pagano. Al final, nunca se hizo.

