Volaré
Es actor, guionista, director de cine, piloto de aviones y médico. Sus dos películas dejaron al descubierto la displiscencia de los dirigentes públicos y de las empresas privadas en lo tocante a la aviación comercial.
TEXTO ANA LARRAVIDE
FOTOS JULIA GUTIÉRREZ PARA ESTUDIO ACH
Su documental Fuerza Aérea Sociedad Anónima muestra la inseguridad en el control del tráfico aéreo en Argentina, único país en el mundo cuyos controladores de vuelo dirigen a viva voz a los pilotos en aterrizajes a ciegas. Antes, Enrique Piñeyro se había acercado desde la ficción a una cruda realidad con la película Whisky Romeo Zulu, cuyo título hace referencia a la denominación del avión de Lapa que se estrelló en Buenos Aires en agosto de 1999. Cuando se estrenó, Fuerza Aérea Sociedad Anónima sacudió la consciencia de muchos. Tanto es así que el gobierno argentino inició el traspaso de la aviación comercial –entonces, bajo el control de la Fuerza Aérea– a manos de profesionales civiles.
¿Cuál debe ser la principal virtud de un piloto?
Vivir atento a lo que pasa. Es una actitud conveniente para cualquiera.
¿Podemos vivir sin cometer errores?
El error forma parte del ser humano. Aunque ésa sea una verdad de Perogrullo, necesitamos que nos la digan. A mí me la dijo James Reason, un profesor de la Universidad de Manchester que escribió el libro Human Error, en el que reflexiona sobre la explosión del Challenger y el drama de Chernobyl, entre otras cosas. No debemos poner el énfasis en el error sino en su detección temprana. Los pilotos siempre somos conscientes de que algo puede fallar. No se trata de pensar qué puede ocurrir porque siempre puede ocurrir algo. El asunto es vivir atentos para no cometer errores o para minimizar las consecuencias de los errores.
¿Cómo se educa la atención?
Con calma. Si un niño vuelca el contenido de un vaso sobre la mesa, los padres lo retan y eso es ridículo. Sancionar los errores no es una buena práctica. Al electricista que hizo mal una conexión, no tiene sentido decirle “usted es torpe”; tiene sentido proponerle que rehaga su trabajo. Los errores son valiosos. No hay que ocultarlos porque te señalan las fallas de tu sistema. Es conveniente generar climas en los que las personas comuniquen sus propios errores de manera espontánea.
Señalar un error no es una ofensa.
No, pero muchos se toman a mal cualquier observación. Es común que alguien diga “cuidado con el camión” y que otro conteste “ya lo vi, ¿creés que soy idiota?”. Entre los pilotos, el diálogo es más sencillo: uno dice “cuidado con el camión” y el otro agradece o, si no lo ve, pregunta: “¿Dónde?”.
EL CONCEPTO DE FICCIÓN
Piñeyro nació en 1956 en Génova (Italia). “Mi madre era italiana”, explica, “y mi padre estaba haciendo una especialización médica allá. Excepto el primer grado, hice el colegio acá. ¿Viste que hay gente que va a la Sorbona a cursar un post grado? Bueno, yo hice el pre primario en París, donde me codeé con la intelectualidad infantil de la década del ‘60”. Al decir esto, obviamente, se ríe. Piñeyro suele deslizar algunas bromas en su discurso serio.
¿Cuándo empezaste a trabajar en cine?
En 1999, en Garage Olimpo [película en la que interpretaba a Tigre]. Antes, había hecho algún “bolito”. Lo único que hacía con seriedad en la secundaria era teatro. Después, mientras volaba, estudié 3 años con Lito Cruz.
¿Cómo se reconoce a un buen actor?
Un buen actor es aquel al que le creés. Se les cree más a los actores menos estereotipados, a los que se juegan, a los que son camaleónicos y actúan en función de su trabajo; los otros tienen una gesticulación muy armada. Al Pacino es un tipo que no se defiende; en cada papel, toma los riesgos de ser otro. Dustin Hoffman también: cada vez que actúa, es difícil reconocerlo.
¿Las mujeres se protegen más?
¡No! Por ejemplo, a Nicole Kidman le pusieron una nariz postiza en Las horas y la supo llevar muy bien.
¿Cuáles son tus actores de cine preferidos?
Hay personas lindas para mirar que no actúan bien; hay personas que actúan muy bien, pero a las que no es interesante mirar. El cine precisa una cara que se disuelva en la pantalla. Por eso, me gustan Dustin Hoffman, Al Pacino y Robert de Niro, con sus caras de galleta. Funcionan mucho mejor en la pantalla porque el espectador puede mirar a través de los ojos de ellos.
¿Qué opinás, por ejemplo, de Brad Pitt?
A través de los ojos de Brad Pitt, nadie va a mirar nunca. Es un muy buen actor, pero su cara está demasiado marcada. Cuesta creer que ese tipo sea quien está simulando ser. Hasta el maquillaje tropieza con su cara. En Italia, aprendí que el maquillaje es un gran recurso de la composición; me topé con una maquilladora que me convirtió en un represor [para la película italiana Figli/Hijos] sólo con acentuarme las bolsas de los ojos.
¿Qué más aprendiste sobre el oficio de director?
Todavía estoy aprendiendo. Por ejemplo, me olvido por qué se hace la claqueta final. Me olvido –o no conozco– muchas cosas de este trabajo.
¿Qué opinás de los guiones “de hierro”?
Detesto los guiones que no permiten una reescritura. Un director contratado filma “textualmente” página por página, palabra por palabra. Si el guión dice “hola”, es “hola” y no puede ser “buen día”. Creo que una película debe reescribirse en el rodaje y en el montaje.
¿El arte se trata de rehacer?
El arte se trata de tantas cosas… Por más que pretendas contar la realidad tal cual es, el arte no cuenta la realidad de esa manera. Por ejemplo, ¿cómo se narra la felicidad de estar en una cabina de avión y oír el ruido de los motores, algo que me encanta desde que soy chico? ¿Debo filmar a un tipo moviendo una palanca? En la cabina, si muevo una palanca, escucho un ruido, pero, si filmo ese sonido tal cual es, falta dramatismo; lo digo porque lo intenté y, para contar eso, tuve que reconstruir el ruido con más de cien bandas de sonido.
Para que emocione como realmente te emociona.
Claro. Existen varios recursos narrativos. Uno, por ejemplo, es el doblaje. Yo lo uso cuando siento que es útil, pero no me gusta tomarlo como punto de partida. El problema del doblaje… A ver, una rubia infernal dice “te amo” y vos respondés “te deseo”. Después, si hay que doblar, te encontrás en una sala mirando a un operador con el que venís trabajando desde hace 4 horas y es imposible que el diálogo suene igual. Aunque te aprietes un poco el pecho, no es lo mismo.
LEE LA ENTREVISTA COMPLETA EN LA EDICIÓN Nº 38 DE REVISTA G7.
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EN EL AIRE
El 10 de octubre de 1997, se estrelló un DC-9 de la línea aérea Austral en Fray Bentos. La tragedia provocó la muerte de 74 personas. En esa ocasión, según Piñeyro, la Fuerza Aérea Uruguaya interpretó la causa del accidente de manera correcta (la catalogó como “congelamiento del tubo del velocímetro”). “Luego”, dice, “disfrazaron las irregularidades por las cuales debían procesar penalmente a los altos oficiales de la Fuerza Aérea Argentina y omitieron información que le hubiera dado un claro tinte penal a la cosa. De todas formas, no llegaron a decir, como hizo la Fuerza Aérea Argentina, que no se había congelado el velocímetro”.
¿Conocías a los pilotos?
Sí, tenían antecedentes intachables y mucha experiencia. Les endilgaron la responsabilidad enseguida.
¿Es posible que no hayan visto una tormenta de frente?
Si hubiera habido una tormenta, la hubieran visto. Fui a Washington e hice la desgrabación de la cinta. No había una sola frase sobre turbulencia severa. Los pilotos hablaban de que el avión carecía de la alarma correspondiente.
Se adujo que tenían amperímetro.
Sí, ¡amperímetro! Un reloj que da la hora no me despierta a las siete de la mañana si no tiene alarma. El amperímetro controla siete cosas: te informa sobre el estado de la batería, del generador, del calefactor de los vidrios… No es una alarma. No hubo alarma que los alertara acerca del congelamiento. Creyeron que disminuía la velocidad cuando, en realidad, aumentaba. Entraron en un vórtice y… Fin.

