Realidades paralelas
A los 37 años, es uno de los artistas argentinos con más proyección en el mundo. Sus instalaciones, que plantean una mirada sorprendente sobre la realidad cotidiana, han sido expuestas en los principales museos del planeta. “Busco descontextualizar lo que consideramos natural”, afirma.
TEXTO ALINA MAZZAFERRO
FOTOS LUCRECIA LAUREL
Las instalaciones de Leandro Erlich tienen algo familiar. Una sala de estar, una peluquería, una pileta, una escalera: lugares de la vida cotidiana llevados al museo. Uno cree conocer esos espacios, cree que sabe manejarse con los objetos que los visten. No obstante, las obras de Erlich atentan contra esa lógica. Los espejos reflejan todo, excepto a los seres humanos. El público puede caminar sobre el agua o flotar en el aire dentro de una torre.
Erlich es un amante de los juegos de percepción. Sus instalaciones están llenas de trucos visuales que fascinan al público por su complejidad y sofisticación. El principal interés del artista, obviamente, no reside en los artificios técnicos, sino en la emoción y la reflexión que generan sus obras.
Durante la última década, Erlich representó a Argentina en las bienales de Venecia, Shanghái, San Pablo y La Habana. Expuso en el Palais de Tokio, el Whitney Museum of American Art de Nueva York, el Museo Reina Sofía de Madrid, y el Centro Georges Pompidou de París. Su obra Swimming Pool estuvo en exhibición durante todo 2009 en el MOMA (Museo de Arte Moderno) de Nueva York. Algunas de sus piezas forman parte de la colección permanente de la Tate Modern de Londres y del Museo de Arte Moderno de París.
Sin duda, Erlich –de 37 años– es uno de los artistas latinoamericanos más prestigiosos en el ámbito internacional. Durante varios años vivió en Nueva York y París, pero en 2007 decidió volver a Argentina. Trabaja en un estudio de Chacarita, donde da rienda suelta a su magia. “Mis obras no surgen a partir de un truco técnico”, dice. “Todo comienza cuando, por alguna razón, un tema empieza a rondar mi mente”.
¿Qué querés generar con tus obras?
Trato de hacer preguntas importantes a partir de elementos poco importantes. Es decir, llevo lo cotidiano al plano de lo trascendente. Mi modelo es Borges. Él tenía la capacidad de generar obras con varios niveles de lectura. Sus libros están rodeados por un aura filosófica. Son sólo cuentos, pero plantean temas que te permiten reflexionar. Intento lograr algo parecido con mi trabajo.
Tu obra también parece remitir al mundo virtual de La invención de Morel, de Bioy Casares, o a las reflexiones de Cortázar en “Instrucciones para subir una escalera”.
Sin duda, son escritores que me han inspirado, aunque no haya sido de manera consciente. Uno crea a partir de su propia fantasía, de su historia, de las cosas que le interesan, como la literatura, el cine o los viajes. De manera inconsciente, uno deja huellas de su personalidad en lo que hace. Reconforta ver que, con el paso del tiempo, tu obra adquiere cierta identidad.
¿Hay en tus piezas una intención de desnaturalizar lo cotidiano, como lo hace Cortázar en sus “instrucciones”?
Sí, busco descontextualizar lo que consideramos natural. El mejor modo de cuestionar la realidad es poner en duda lo cotidiano. Cada vez que ocurre una cosa extraordinaria, el sistema de creencias se rompe y surge la posibilidad de cuestionar todo. Además, estos espacios resultan familiares para todos, pero en cada uno resuenan de manera distinta y detonan diferentes emociones.
EN CONSTRUCCIÓN
Erlich imaginó su primera obra cuando tenía 21 años. Su idea era instalar en La Boca una réplica en tamaño real del Obelisco. Le fue imposible llevarla a cabo, pero en 1995 el proyecto ganó una beca de la Fundación Antorchas. Fue el primer empujón en su carrera. Dos años más tarde, llegó a Houston con otra beca. Ahí desarrolló sus primeras instalaciones. “Emprendí un viaje que terminó hace tres años, cuando finalmente volví a Argentina. De Houston me fui a Nueva York y después a París. Pasé diez años viviendo en el extranjero”, relata.
Tus obras requieren una producción costosa. ¿Cómo solventaste tus primeras creaciones?
Al principio, no hacía obras tan grandes ni tan costosas. Las financiaba yo mismo, a veces con la ayuda de una beca. Siempre hice trabajos de acuerdo con mis posibilidades. En la actualidad, la ayuda de fundaciones y centros de arte me permiten realizar obras más grandes y ambiciosas. En el extranjero, los museos y otras instituciones culturales tienen presupuesto para que los artistas podamos trabajar.
¿Por qué creés que tu obra tuvo tanta repercusión?
Las artes visuales se guían por tendencias y en los ‘90 las instalaciones estaban en boga. Yo hago este tipo de trabajos porque provengo de una familia de arquitectos. Empecé a desarrollar mi obra a partir de lo que me era cercano. No sabía que eso me abriría muchas puertas.
¿Tendrías que haber sido arquitecto por mandato familiar?
Mi padre, mi hermano y mi tía son arquitectos, pero no existió ese mandato. En mi casa, la arquitectura formaba parte de lo cotidiano. De chico, iba a visitar obras en construcción. El aspecto funcional de la arquitectura no me interesa, pero rescato su faceta escenográfica. Uno podría interpretar la arquitectura como la escenografía donde se desarrollan nuestras vidas. Son espacios a los que uno no les presta demasiada atención, pero ahí suceden cosas importantes.
¿Necesitaste de la ayuda de tu familia para la construcción de tus primeras obras?
Sí, mi papá me ayudó a resolver muchos asuntos de construcción. Aún trabajo en proyectos que precisan cálculos estructurales, como La Torre. Entonces, necesito asistencia profesional y recurro a algún ingeniero. Hoy puedo trabajar con asistentes y profesionales de otras áreas; antes, hacía todo más a pulmón. Aprendí de la experiencia, de modo autodidacta. Yo hacía todo y por eso tardaba un montón. Construir una pared de yeso me llevó tres meses y un yesero la termina en tres días.
VER PARA CREER
En 2009, Erlich inauguró en Madrid La Torre, un edificio-periscopio donde el público podía verse flotando en el aire. En Brasil, presentó Skylight, the Clouds Story, una instalación en la que un grupo de nubes va cambiando de forma y construye así un relato, y Shattering Door, una puerta que parece perpetuar en el momento de su rotura. En Argentina –en la Fundación Proa– pudo verse Le Cabinet du Psy, una obra que Erlich creó en 2005. “El público entra en un cuarto negro que está separado de un consultorio de psicoanálisis por un vidrio”, explica. “El balance de luz entre ambos ambientes hace que las personas se vean reflejadas en el vidrio. Da la impresión de que sus espíritus habitan el decorado”.
Otro de sus trabajos más conocidos es Swimming Pool. Se trata de una piscina que parece estar llena de agua; en realidad, no contiene líquido, sino que cuenta con una cubierta de metacrilato. Gracias a otro truco óptico, en Bâtiment, los espectadores pueden verse colgando de un edificio como si fueran el Hombre Araña. En El Living, un espejo refleja una habitación, pero no a las personas que ingresan en ella.
¿Pensás mucho en el público mientras trabajás?
Tengo plena consciencia de cómo va a interactuar la gente con la obra y anticipo qué tipo de acciones va a realizar. Cualquier artista puede decir que no existe el cuadro sin los ojos de quien lo mira, pero en mi caso es aún más cierto. Mis escenografías están pensadas para que el público participe. A través de su accionar se comprende el sentido de la obra. El espectador no es pasivo, es un actor fundamental.
Hablás de escenografías y actores. ¿Creés que tu trabajo tiene mucha teatralidad?
Exacto. El guión de mis ficciones está encriptado en la obra y sólo se revela a quien interactúa con ella.
En tus instalaciones son muy importantes los lugares de transición: puertas, ventanas, escaleras, pasillos…
Son espacios con un potencial simbólico enorme. Una ventana puede representar muchas cosas en sentido metafórico.
También los espejos aparecen de manera recurrente.
Me interesa que un fenómeno óptico tan sencillo genere interpretaciones de lo más complejas. Muchos temas de gran densidad filosófica, como el mito de Narciso o la teoría lacaniana, fueron abordados a partir de la metáfora del espejo. En nuestra sociedad, el reflejo es una prueba de la existencia: uno ve para creer. Cuando pongo un espejo que no refleja a las personas en El Living, trato de que el espectador se pregunte por su existencia. De todos modos, no busco cerrar el sentido de mi producción. Todas las interpretaciones son válidas, cargan de sentido a la obra y dan lugar a la magia. Se trata de una magia que no pasa por el truco sino por la capacidad que tiene el arte para emocionar e incentivar el pensamiento de la gente.
Con propuestas tan lúdicas, ¿buscás atraer a un público que no está acostumbrado a ir a los museos?
Mi obra tiene varios niveles de lectura. Ante una instalación mía, algunos pueden quedar obnubilados por el truco técnico y otros se plantean un dilema filosófico. Me gusta que mis obras sean accesibles para un público amplio. Me parece bien que haya obras difíciles de entender, pero además deben existir cosas accesibles para todos.
¿Te han ofrecido llevar tus piezas fuera del museo?
Sí, pero no me interesa. El valor de mis instalaciones no radica en el truco técnico, que siempre está a la vista –algo que un mago no hace–. La técnica es sólo el punto de partida para reflexionar sobre ciertos temas significativos. Creo que los museos, las galerías y los centros culturales son espacios idóneos para detenerse y pensar. Te transportan a una dimensión en la que te obligan a mirar las cosas con otros ojos. Si mi obra estuviera en un parque de diversiones, no produciría el mismo efecto. Por lo tanto, no me interesa.

